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Arte y urbanismo

El asfalto era nuestro: los juegos de calle que forjaron la infancia del Carmen

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El asfalto era nuestro: los juegos de calle que forjaron la infancia del Carmen

Hay una edad en la que el mundo entero cabe entre dos esquinas. Para varias generaciones de niños y niñas del Barrio del Carmen, ese universo tenía forma de callejón empedrado, de plaza con adoquines irregulares y de portales que olían a humedad y a historia. El barrio no era solo el sitio donde vivían: era el escenario donde crecían.

Hoy, paseando por la calle de la Beneficència o cruzando la placeta de l'Esparto, cuesta imaginar que esos mismos rincones resonaron durante décadas con gritos de niños persiguiéndose, con el golpe seco de una pelota contra una pared medieval o con el trazado de tizas dibujando un mundo provisional sobre el suelo. Pero ocurrió. Y quienes lo vivieron no lo han olvidado.

La plaza como campo de batalla

"Nosotros no teníamos parque. Teníamos el barrio entero", dice Amparo, 74 años, que nació en una casa de la calle dels Cavallers y recuerda con precisión fotográfica cada recoveco donde se escondía de pequeña. Su juego preferido era el escondite, aunque en el Carmen se le llamaba simplemente el moro, como en tantos barrios viejos de Valencia. "El que se quedaba tenía que buscar por los portales, por los soportales, incluso bajabas al primer tramo de alguna escalera si el portal estaba abierto. El barrio era un laberinto y eso era lo mejor."

La geografía accidentada del Carmen, con sus cuestas, sus pasajes y sus plazas de distinto tamaño, hacía del barrio un entorno casi diseñado para el juego. No era casualidad: durante siglos, la vida comunitaria valenciana había girado en torno al espacio público, y los niños simplemente heredaban esa costumbre sin cuestionarla.

La rayuela —o xalet, como la llamaban aquí— era otro clásico indiscutible. Se pintaba en el suelo con tiza o con un trozo de ladrillo roto, y podía durar días si no llovía. "La hacíamos en la plaza de la Virgen cuando aún no había tanta gente de fuera", recuerda Vicent, 68 años, que pasó su infancia entre la calle Quart y la calle de la Palometa. "Había una losa grande, perfecta. Algún turista la pisaba sin querer y nosotros lo mirábamos con cara de pocos amigos."

Juegos que tenían sus propias reglas del barrio

Cada barrio tenía sus variantes. En el Carmen, el churro, mediamanga, mangotero se jugaba con una intensidad particular, quizá porque las paredes disponibles para apoyarse eran muchas y resistentes. El frontón improvisado contra la fachada de una iglesia o de un palacete era algo habitual, aunque no siempre bien visto por los vecinos mayores.

Las canicas merecen capítulo aparte. En el barrio circulaban con una economía propia: había niños que llegaban a casa con los bolsillos llenos tras una tarde de juego y otros que regresaban con las manos vacías. "Las canicas eran como dinero", explica Rosario, 71 años, que vivió en la calle de la Blanqueria durante toda su infancia. "Las más bonitas, las de colores con espiral dentro, valían más. Si te ganaban una de esas, llorabas de verdad."

Las niñas, por su parte, tenían sus propios reinos. La comba era omnipresente. Se saltaba en grupo, con canciones que iban cambiando de letra según la temporada o según lo que se quisiera decir de algún vecino. "La comba era también para cotillear", ríe Amparo. "Las canciones contaban cosas del barrio, de los novios, de los maestros. Era un periódico oral."

Cuando el juego era también resistencia

Hubo épocas en que jugar en la calle era, sin saberlo, un acto político. Durante los años sesenta y setenta, el Carmen era un barrio denso, pobre en muchos tramos y lleno de familias trabajadoras que vivían en pisos pequeños. La calle era la única sala de estar posible. Los niños salían porque dentro no había espacio, y esa presencia constante en el espacio público creaba una forma particular de comunidad.

"Todos nos conocíamos. Todos sabíamos quién era el padre de quién, en qué piso vivía cada uno. Si te caías y te hacías daño, la señora del tercero te subía a curar antes de que llegara tu madre", recuerda Vicent. Esa red informal de cuidados colectivos tenía mucho que ver con los juegos: se construía precisamente en esas tardes interminables de verano, cuando el tiempo parecía no tener límite y el barrio era de los que lo habitaban.

Lo que sobrevivió y lo que se fue

Hoy, los juegos de calle en el Carmen son una rareza. El barrio ha cambiado mucho: la turistificación, el encarecimiento de los alquileres y la llegada masiva de visitantes han transformado el uso del espacio público. Las plazas que antes eran de los vecinos ahora son de todos y de nadie a la vez.

Sin embargo, algunos reductos resisten. En ciertos patios interiores de manzana, en algunos solares recuperados como zonas verdes, todavía se puede ver a niños corriendo sin rumbo fijo, inventándose reglas sobre la marcha. Y en las fiestas del barrio, especialmente durante las celebraciones de la Semana del Carmen, aparecen siempre actividades que recuperan estos juegos con una mezcla de nostalgia y pedagogía.

Pero quizá lo más interesante no es si los juegos sobreviven en su forma original, sino lo que revelan sobre el barrio. El hecho de que durante décadas los niños del Carmen convirtieran las calles en su territorio dice mucho sobre cómo se entendía la ciudad: como un bien común, como un espacio vivido, no solo transitado.

La memoria que no se borra

"A veces paso por la calle dels Cavallers y me quedo parada mirando el suelo", confiesa Amparo. "Sé que no hay ninguna rayuela pintada, pero casi la veo. La memoria es así de terca."

Esa terquedad de la memoria es, en el fondo, lo que hace al Barrio del Carmen tan especial. Sus muros guardan capas y capas de historia monumental, sí, pero también guardan algo más íntimo: los gritos de los niños que crecieron aquí, las reglas inventadas al momento, las rodillas peladas, los lloros por una canica perdida. Una historia que no aparece en ninguna placa pero que sigue latiendo, silenciosa, bajo los adoquines.

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