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Editorial del nùmero de verano de la Revista Al Margen. Hablar de memoria en estos tiempos de frenesí y amnesia colectiva puede parecer un contrasentido; hacerlo de memoria histórica nos sitúa como seguidores de una moda, tardía y pasajera, a la que en los últimos años se han apuntado muchos de los responsables del olvido vergonzoso que se ha impuesto sobre nuestra historia social reciente. El hecho de que la memoria sea un asunto individual y la historia una crónica de los hechos colectivos, no ha sido óbice para que la expresión Memoria Histórica se haya aceptado como definición de todo este movimiento, nacido espontánea y sinceramente de la mano de algunos de los familiares de víctimas del franquismo, con el que se pretendía honrar a todos aquellos inocentes, recuperar sus restos sepultados en cualquier cuneta y, sobre todo, denunciar a sus verdugos, que en numerosos casos aún vivían y disfrutaban de una posición y reputación elevadas e inmerecidas.
Pero lo que empezó como una sana expresión de respeto y ansias de justicia, ha ido convirtiéndose en la oportunidad para que partidos políticos y personajes públicos, que callaron cobardemente durante la Transición, que era cuando tocaba exigir responsabilidades a los asesinos (que seguían ocupando el poder en todos los ámbitos) y dignificar a los perseguidos (antes de que muchas de esas vidas de exilio, silencio y olvido se apagaran). No es que no respetemos el derecho a que los familiares de los reprimidos por el fascismo puedan por fin sepultar dignamente los restos de sus seres queridos, arrojados en un amanecer de hace tanto tiempo a anónimas fosas comunes. Tampoco seremos los que nos neguemos a que estos hombres y mujeres, que dieron su vida por el ideal de la libertad y el sueño de una sociedad más justa, tengan el monumento que los recuerde a las nuevas generaciones, máxime cuando nuestros parques y nuestros callejeros siguen rindiendo homenaje a personalidades que levantaron su fama y su fortuna sobre la sangre y el sufrimiento del pueblo. Evidentemente no es ese lógico deseo de reconocimiento para quienes durante cuarenta años fueron acusados por la historia oficial de la dictadura de bandidos, ladrones y asesinos lo que criticamos. Lo que verdaderamente nos pone de los nervios es que quienes han tenido la oportunidad de iniciar este proceso de recuperación y reparación de la memoria social, por haber gestionado todos los recursos económicos, legales y documentales para iniciarlo nada más morir Franco, callasen y otorgasen (según confiesan, para no molestar a los militares y a la banca) y ahora, cuando ya apenas quedan supervivientes de aquella infamia, se dediquen a inaugurar monolitos, colocar coronas tricolores y dar alguna pensión a víctimas y familiares, a los que apenas les queda ya tiempo para cobrarla.
Patética, falsa y frágil democracia la que nos pactaron en secreto los que siempre han mandado mucho y los que tenían prisa por mandar algo, mientras en las calles el pueblo luchaba por la libertad y la justicia. No hay otro país donde se haya realizado una transición tan suave y amigable de un régimen dictatorial a una democracia burguesa. En Alemania o en Italia se depuraron responsabilidades tras la caída del fascismo; en Argentina y Chile también se ha llevado a muchos torturadores ante los tribunales y se han anulado las sentencias de los militares. En España, por el contrario, se impuso la idea de que había que olvidar las ofensas y cerrar las heridas. ¡Muy cristiano y edificante, pero los vencedores nunca se han arrepentido ni renunciado a los beneficios de su victoria!
Como libertarios, por tanto, nos parece mucho más necesario y productivo si se recupere la obra de los revolucionarios que si nos conformamos con encontrar sus huesos. Reivindiquemos las colectivizaciones, la autogestión de la vida social y económica por los propios trabajadores, los avances en sanidad, transporte o educación que la revolución libertaria supuso, etc. Publiquemos no ya las biografías de los “santos” más conocidos, sino las ideas y las trayectorias de militantes abnegados, íntegros y solidarios, que no han pasado a la historia, pero que son miles y que sin ellos no hubiera sido posible aquel breve y emocionante sueño, del que sólo los despertaron los tiros de la reacción.
Por más que el uso de la memoria se esté dejando como función de las computadoras y a pesar de que todo lo que hay que saber y recordar ya viene en el google, consideramos que es insoslayable el trabajo de recuperar la memoria más cercana, la que todos podemos conocer y muchos quieren olvidar. No hablamos del 1936; hablamos de los años 70 y 80 del siglo pasado. Nuestra obligación es informar a las nuevas generaciones de lo que pasó, de las grandes luchas y también de las grandes traiciones.
Tenemos que contar nuestras “batallas”, porque ¡ya somos tan viejos, y quizás tan pesados, como nuestros adorables viejos del exilio! Las manifestaciones por la amnistía, las luchas de la COPEL, las huelgas de estudiantes y obreros, lo de la OTAN NO, lo de la reconversión industrial, lo de las luchas vecinales, lo de las Jornadas Libertarias y el caso Scala. Lo de Riaño y lo de Astilleros. Las cinco ejecuciones del 27 de septiembre del 75. El caso Almería y muchos casos más. Que no se olvide nunca a Salvador Puig Antich, a Agustín Rueda, a Valentín González, ni a ninguna de las victimas de la represión. También hay historia para recordar en las invasiones de Iraq o Afganistán, en la constitución europea, en los pactos sociales, en el silencio de las cárceles, en la inseguridad del andamio, en la angustia del contrato temporal...
Pero, sobre todo, hay que insistir en que estos capítulos negros de nuestra historia tienen nombres propios. Nombres de personajes que hicieron lo contrario de lo que prometían y traicionaron las ideas que decían defender. La lista es tan larga que no tendríamos espacio para incluirla entera; pero si algo tenemos es memoria y voluntad de recordar. ¡Vamos a hacer esa otra historia colectivamente!
Columna de la Revista al Margen
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