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Benjamín Lajo Cosido. Confundir valor y precio es una fea costumbre a la que nos estamos acostumbrando con demasiada frecuencia últimamente. Esta confusión está vigente en casi todas las actividades que desarrollamos diariamente. Pero es tan diferente como lo es mirar o ver. Como el día y la noche. Esta situación está siendo, desde que alcanza nuestra memoria numerosa en acontecimientos históricos, cotidianos y habituales. Solemos decir que “todo tiene un precio”. Que podemos comprar cualquier cosa. Como si el amor y la esperanza se pudieran sopesar en una balanza y vender, a cuarto y mitad.
También es una injusticia que no se otorguen las mismas oportunidades a cualquier ser humano venga de donde venga. Todos comemos a diario en este país, como debería suceder en todos. He observado que la especulación tiene tantos rostros, es tan numerosa, que espanta, si tenemos en cuenta que, a veces, llega a nosotros sin que la gran mayoría de la gente caiga en la cuenta.
Les voy a contar una historia real, que nada tiene que ver con los cuentos ni las novelas. Es un ensayo tan real como lo es la vida misma. Hace nueve meses, huyendo precisamente de una de tantas especulaciones como la inmobiliaria, nos trasladamos a un hermoso pueblo de la provincia de Valencia. En él he encontrado, como en cualquier lugar a gente necesitada sin que preocupe, al menos a mí personalmente, su nacionalidad; pues como ya he dicho anteriormente, todos tenemos derecho a vivir y a trabajar. Me ha llamado la atención que más de la mitad de los trabajadores que han venido hasta aquí buscando esa oportunidad de la que les hablo, y que repito para evitar malas interpretaciones, que a nadie se deben negar, sufren.
Nuestro caso personal no es mas que un simple reflejo de la realidad colectiva que muchas personas viven actualmente. Un patrimonio local, que fue levantado por nuestros mayores se le ha puesto precio siendo un valor heredado con muchos años de sacrificios. Esta hermosa localidad que está a unos sesenta kilómetros de Valencia, ahora está siendo gestionada de una forma, pienso y creo, discriminatoria, al dejar de lado a quienes pertenece, más allá de los malos contratos o malas políticas especulativas que no conducen a otro lugar que a la marginación social de los que por necesidad son víctimas inocentes de sus consecuencias.
Las fronteras todavía existen, por desgracia para los que creemos que todos tienen cabida en este mundo nuestro al que llamamos Tierra y que poblamos más de seis mil millones de personas. He sido trabajador de una empresa centenaria, que prácticamente ha desaparecido y ha sido durante décadas el sustento de numerosas familias. El caso es que se ve normal que le pongan precio al valor. Que se pierdan los derechos fundamentales que otros lograron a lo largo de los años para que las futuras generaciones tuvieran una vida mejor que las suyas y las de sus ancestros.
Que nadie interprete esta reflexión, que humildemente planteo, como racista, aunque a buen seguro habrá quien así lo crea. Al contrario. Creo firmemente que todos debemos tener acceso a un puesto digno que nos permita prosperar y dejar como herencia un patrimonio común, que por justicia nos pertenece sin distinciones por nacionalidades, creencias o ideas. Es viable, si se respetan los derechos fundamentales de nuestra Carta Magna, y lo que en ella está escrito se cumple; y que una sociedad nueva nos conceda el ansiado bienestar que, vuelvo a repetir, a todos corresponde por igual si se tiene voluntad y se hacen las gestiones como es debido. Sabiendo, claro está, diferenciar el valor del precio, ya que son dos cuestiones que nada tienen en común aunque vayan unidas en muchos casos como el que planteo al lector.
Quiero creer que esta situación no está siendo utilizada como excusa para aprovecharse de quienes no se atreven a exigir junto a sus deberes sus correspondientes derechos por temor a perder lo poco que tienen. Quiero creer que los que deben ampararnos a todos y ocupan democráticamente el poder local o nacional no miran hacia otro lugar por intereses que ensombrezcan el futuro de los que ya estaban, y de aquellos que están llegando sin más pretensión que acceder a ocupar su lugar en el mundo. No sirve como justificación la subida de los carburantes, de la vida, ni la precaria situación económica por la que atravesamos.
Apelo a que no se convierta esta anormalidad en un pasaporte para oportunistas que de la noche a la mañana quieren conseguir una riqueza que a otros ha supuesto años de sudor y sacrificio. Que la indiferencia no oculte la huella de la injusticia y que absolutamente todos estemos a la altura de las dificultades como debemos estar, sin lugar a dudas, ante la ansiada prosperidad y porvenir.
Los sindicatos, la patronal, los poderes administrativos, han de pensar, que en el pasado estas realidades supusieron una lucha despiadada entre hermanos y que tenemos que evitar en el futuro, que está próximo y es real como la vida misma, que jamás se repita o nos lleve a conflictos innecesarios obrando de buena voluntad y aunando esfuerzos. Que nadie se equivoque. No hablo de pulsos ni desenvaino espadas. Me limito a poner voz a muchas inquietudes silenciadas. No debemos querer para otros lo que no queremos para nosotros. Cada persona es una historia que tiene intrínseca su cruda o cocinada realidad y ante esto, no hay murallas que detengan ni al hambre ni a la propia supervivencia.
Benjamín Lajo Cosido (memorialista) |
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