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València, Dimecres: 23 Juliol 2008
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¿Salud Laboral?
Aunque trabajo y salud parecen dos asuntos absolutamente antagónicos, no podemos ignorar que la inmensa mayoría de la población del mundo acabará pasando gran parte de su vida en un lugar de trabajo. Reconocido y aceptado que la revolución que ha de liberarnos de la pesada servidumbre del trabajo explotador queda como muy lejos, sólo nos restan un par de opciones: romper con esta sociedad consumista y conservadora, viviendo relativamente al margen del sistema productivo (una opción legítima y admirable) o someterse de mala gana al mismo, sin dejar de pelear por mejorar las condiciones y derechos de esos millones de seres humanos que no vemos la forma de escapar al yugo de la fábrica, la oficina, el taller, etc.

Que el trabajo asalariado es una actividad anuladora de la creatividad y la autonomía individuales, no debe llevarnos a rendirnos frente al poderoso enemigo sin plantear batallas (reformistas, no lo negaremos) por mejorar el ambiente de trabajo y los aspectos higiénicos y sanitarios vinculados a cualquier actividad productiva.
Desde sus orígenes el movimiento obrero ha dado a estas cuestiones una gran importancia, en muchos casos más que al propio salario. No hay que olvidar las grandes huelgas protagonizadas por los trabajadores y sus familias para denunciar el trabajo inhumano en las minas, la explotación infantil en los talleres textiles o la contaminación de muchas instalaciones fabriles o mineras. No me resisto a dejar de recordar aquí que la primera gran huelga moderna de nuestro país se produjo en 1888 para denunciar a la empresa explotadora de las minas de Río Tinto (Huelva) que, con sus grandes emanaciones sulfurosas, deterioraba la salud de los trabajadores y de sus familias, siendo el origen de una gran mortalidad infantil. Aquella huelga se saldó con una brutal represión y con más de cien de muertos.
Aspectos como la reducción de la jornada de trabajo, la ventilación adecuada de las fábricas, la protección ante los riesgos de accidentes o la asistencia médica en los mismos centros de trabajo han sido demandas que el sindicalismo ha ido conquistando a lo largo de los dos últimos siglos.
Precisamente por esas luchas, muchas veces ahogadas en sangre o silenciadas a palos en las cárceles y comisarías, tenemos hoy día unas condiciones de trabajo que, sin ser las ideales y con el riesgo de perderlas en cuanto nos descuidemos, son relativamente decentes. Existen una serie de normas sobre salud laboral y prevención de riesgos que los empresarios deben respetar y los trabajadores exigir su cumplimiento.
Ya hemos dicho al principio que luchando por mejorar las condiciones de nuestra propia explotación no vamos a destruir el injusto sistema capitalista, pero lo que nos parece algo primordial es que en tanto no pongamos en marcha ese sueño revolucionario, y sigamos vendiendo al capital nuestra fuerza de trabajo, estamos obligados a denunciar cualquier incumplimiento de las normas de seguridad que pongan en peligro nuestra salud, nuestra vida o la de nuestros compañeros.
Las leyes no son perfectas, por supuesto, y siempre se quedarán cortas. Pero es innegable que tienen suficientes aspectos positivos que si se respetan pueden mejorar mucho las condiciones de trabajo, la calidad de vida de los obreros.
Interesar a los compañeros por esos temas, haciéndoles ver que son mucho más importantes que el miserable aumento de sueldo de cada año, supone también ir creando conciencia y dando ejemplo al resto de cómo se deben pelear todas nuestras reivindicaciones. Y entre las más sentidas demandas, la salud ha de ser la primera y principal. Informarse e informar, reclamar y denunciar, puede ser una gimnasia tan revolucionaria como la huelga o las otras acciones con el marchamo de “radicales”.

ANTONIO PÉREZ
 
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