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Editorial del número de invierno de la Revista Al Márgen, monográfico de salud. Finales de enero de 2008. Nuestra sociedad está de tal forma medicalizada que lo que debería ser excepcional: la enfermedad, pasa a ser lo normal. La visita al llamado con total desvergüenza Centro de Salud, se convierte para muchas personas en hábito cotidiano a mayor gloria de la clase médica y las multinacionales farmacéuticas que hacen su agosto con las recetas –buena parte de ellas totalmente innecesarias y desperdiciadas- durante los doce meses del año.
Diálogo escuchado a dos pensionistas en un ambulatorio médico: -¡Hombre cuánto tiempo que no te veía por aquí! -Sí, es que no me encontraba muy bien...
De la misma manera que la policía necesita la delincuencia pues sin ella perdería toda justificación y desaparecería, los médicos necesitan de la enfermedad como condición sine qua non para ejercer su poder social y su control de la vida de sus llamados –no en vano- pacientes. Si se acaba la enfermedad se acaban las ganancias. A partir de aquí, cualquier ciudadano no es visto como tal sino como un paciente en potencia. Dado que los desajustes de todo tipo generados en el individuo por las condiciones de vida propias de las sociedades controladas por la economía de mercado, ofrecen de continuo excusas más que suficientes para instaurar una visión patológica de la vida, la medicina y la farmacocracia en estrecha connivencia, se encargan de fomentar y agudizar los síntomas para asegurarse el adecuado rendimiento de su floreciente trapicheo. Desde el derecho romano sabemos que para descubrir el culpable de un desaguisado, el primer paso es preguntar: ¿A quién beneficia? Hagamos lo mismo: ¿A quién beneficia la actual situación sanitaria? No haría falta investigar mucho. El poder y el dinero van a parar a manos de médicos y laboratorios que, en consecuencia, serán los primeros interesados en perpetuar el actual estado de cosas. Y si la situación entre la población marginada de los países llamados desarrollados es escandalosa, con temas sangrantes –literalmente- como la salud laboral, absolutamente abandonados (España sigue a la cabeza de Europa en número de víctimas de accidentes laborales) lo que sucede en África, Asia y el Centro y Sur de América, no tiene nombre. Mientras en España existe un médico por cada 290 habitantes, en Honduras hay un médico por cada 1.200 habitantes, en la India uno por cada 1.800, en Guinea uno por cada 33.500 y en Ruanda uno por cada 50.000. En Marruecos, al Sur de aquí mismo, hay diez veces menos médicos por habitante que en España.
¿Los médicos, llevados por las altas miras de su juramento hipocrático van a donde hacen falta? Evidentemente no, se concentran como buitres en aquellas zonas del mundo donde hay dinero fácil a ganar y pocas complicaciones. Mientras aquí la gente se preocupa por su dieta o su estética, en extensas zonas de África y Asia asoladas por hambrunas perpetuas, graves pandemias endémicas siguen su curso aniquilador sin que apenas nadie se preocupe del problema, más allá de un puñado de oscuras ONGs y unas cuantas declaraciones institucionales políticamente correctas para cubrir las apariencias.
Así las cosas, aún hay quien se escandaliza de que los grandes laboratorios guarden celosamente sus patentes y se nieguen a permitir la fabricación de genéricos para abaratar los desmesurados costes de unos medicamentos cuyo valor añadido supera en ocasiones el 10.000 %. ¿Acaso son Hermanitas de la Caridad? Las cuentas de resultados que presentan a sus accionistas sólo saben de beneficios. Las buenas intenciones no generan dividendos y la solidaridad jamás cotizó en bolsa.
Frente a todo ello, frente a nuestra impotencia ante magnitudes que nos exceden, siempre nos quedarán unos cuantos imperativos éticos irrenunciables: la denuncia sistemática y decidida en todos los foros a nuestro alcance del neocolonialismo médico–farmacéutico, de los intentos de medicalizar nuestra existencia, del expolio de nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo: cómo queremos vivir y cómo queremos morir...
Aquí no valen actitudes victimistas y lamentaciones. Para los que estamos convencidos de que no hay más vida que la que arde en nosotros cada día, queda la obligación moral de vivirla con dignidad, sin permitir que la maldita hipocondría nos eche sin necesidad en manos de matasanos con fronteras y nos atiborre de fármacos prescindibles. En ello estamos. |
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