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València, Divendres: 25 Juliol 2008
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Los estragos del trabajo en la sociedad espectacular-mercantil
Attila Toukkour. Es preciso rehabilitar ya de manera urgente la ociosidad contra todos aquellos que nos arrebatan nuestro tiempo, contra los vampiros que nos asesinan a fuego lento en nombre del mercado y del Estado. Es necesario considerar la pereza como una actividad creadora a semejanza de la pasión destructiva tan cara a Bakunin. Para el irremediable enemigo de un mundo que nos lleva a la muerte por la miseria del trabajo y el trabajo de la miseria, la pereza nos proporciona la medida de la calidad del tiempo recobrado, de un presente que tiende a revalorizar los placeres de una vida intensamente vivida.



Trabajo: una de las operaciones
mediante la cual A acumula
bienes para B
Ambrose Bierce
El Diccionario del Diablo


Contrariamente a una idea difundida a conciencia por los centros de acondicionamiento del espectáculo moderno, el trabajo no es una catástrofe natural. Es un mal social, cuyo falso remedio, el paro, empeora el mal estado del paciente y en ocasiones acaba con él.

En primer lugar, consideremos los orígenes del trabajo. Sabemos que el vocablo deriva, en todas las lenguas, de instrumentos de tortura o bien es sinónimo de sufrimiento, de esfuerzo agotador o de pena y aflicción. La Biblia lo convierte en un castigo divino y los mitos universales hablan de una edad de oro original en la cual no existía la obligación de trabajar.
Esto es lo que ha venido a demostrar la solidez de las investigaciones sobre la prehistoria llevadas a cabo por Marshall Sahlins. El cazador-recolector anterior a la invención de la agricultura, los clanes y el Estado no trabajaba; se dedicaba a actividades libres propias del ser humano, que consistían en cazar y recolectar, comer, dormir, jugar y viajar.

El trabajo comienza históricamente con la dominación del hombre por el hombre, de una clase por otra. Siempre se trata de una clase improductiva (sacerdotes y potentados) que condena al trabajo a una clase productiva y acapara la producción. Dominación y explotación son la misma cosa. Aquello que separa la actividad libre del trabajo agotador consiste pues en esta acumulación de los frutos de la actividad de un individuo que se ve obligado a producir para alguien extraño a su producción y el cual se la apropia. El trabajo crea riqueza, pero es la riqueza de otro. ¡Bajo el signo del dinero, hoy ya no se trabaja para el rey de Prusia, sino para los reyes del petróleo y los de Texas!
De este modo, el trabajo sanciona el paso de la libertad original a la esclavitud, la cual dejó el lugar recientemente, para satisfacer las exigencias del comercio mundial (llamado globalización), a su versión empeorada: el asalariado generalizado. Nicolas Linguet, filósofo del siglo de las Luces, veía en la esclavitud asalariada una agravación del de la esclavitud antigua.

El trabajo no es únicamente la inseguridad social; es sobre todo el suplicio cotidiano del hombre embrutecido por la repetición de tareas aburridas y alienantes. Trabajar es una debilidad cando puede uno prescindir de ello y hacer alguna otra cosa mejor: esto es lo que han afirmado, a lo largo de la historia, las élites intelectuales que despreciaban el trabajo. Las refinadas civilizaciones de la India, China y Grecia antigua situaban el trabajo en el nivel más bajo. Los indígenas de las Antillas preferían, durante el Renacimiento, dejar de reproducirse antes que plegarse al trabajo impuesto por los europeos y, aún hoy, los habitantes de Sri Lanka se mutilan de buen grado con el fin de mendigar en lugar de sufrir la obligación del trabajo.
Por otro lado, todas las lenguas poseen chascarrillos que colocan al trabajo en su lugar, es decir, en último lugar: “Únicamente trabajan los que no son capaces de hacer otra cosa”, dicen los portugueses, mientras que los rusos aseguran que “antes se vuelve uno jorobado que rico trabajado”.

En nuestros días, es la miseria generalizada, engendrada por el mundo capitalista de la producción encarnizada, la que inclina tan soberanamente la espalda del esclavo moderno bajo esta plaga laboriosa. La ociosidad se convierte en un sueño imposible para el proletariado encadenado a horarios extenuantes, desgraciados a los que acecha la precariedad. El país más “desarrollado”, los Estados Unidos, ha dado un paso más en la abyección creando una numerosa clase de working poor: la masa de aquellos que deben currar duro para no morirse por completo de hambre sin poder escapar a la hambruna.

En fin, el trabajo se ha convertido en la causa de todos los males que agobian a la sociedad pretendidamente moderna y que ha acabado por ser la más degradante de todas las que se han sucedido desde la aparición del hombre sobre el planeta. El trabajo, no  solamente inútil, sino nocivo, es el responsable de la polución universal del globo terráqueo por los productos industriales, químicos, farmacéuticos, nucleares, etc. El envenenamiento generalizado, debido a la labor encarnizada, degenera en epidemias que se creían erradicadas y en nuevas pandemias, de las cuales el sida y la enfermedad de las vacas locas son tristes ejemplos. La demencial lógica del provecho nos lleva con toda “naturalidad” a la locura masiva de las vacas tan funestamente como a la extinción de especies animales y vegetales. Son también los efectos secundarios del trabajo alienado los que hacen que el agua sea imbebible y el aire irrespirable.

En resumen, no es la ociosidad la madre de todos los vicios, sino el trabajo el padre de todas las decadencias. Mens sana in corpore sano, ese viejo adagio de nuestros antepasados que clama por un espíritu sano en un cuerpo sano no puede concebirse hoy sin apelar a las virtudes de la pereza.
Es preciso rehabilitar ya de manera urgente la ociosidad contra todos aquellos que nos arrebatan nuestro tiempo, contra los vampiros que nos asesinan a fuego lento en nombre del mercado y del Estado. Es necesario considerar la pereza como una actividad creadora a semejanza de la pasión destructiva tan cara a Bakunin. Para el irremediable enemigo de un mundo que nos lleva a la muerte por la miseria del trabajo y el trabajo de la miseria, la pereza nos proporciona la medida de la calidad del tiempo recobrado, de un presente que tiende a revalorizar los placeres de una vida intensamente vivida.

¡Muerte al trabajo! ¡Acabemos con el fastidio de un mundo laborioso!

Attila Toukkour
Calcutta-Bombay, 10-13 de abril de 2005
(traducido del francés)
 
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