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El cuerpo de una salud política |
Cristian Yapur. La salud es un invento. Bien... vamos de nuevo, la enfermedad es un invento. Un invento es un significado cuya vigencia es finita. Donde diga invento, leer “construcción social”. Imaginemos, por ejemplo, a un hombre que tiene visiones o que habla de cuestiones físicamente no verificables. Hoy, ese señor podría ser considerado un delirante (en su acepción más despectiva). Pero, si ese mismo señor habría nacido en una tribu aborigen o en una era prehistórica -o incluso tan sólo premoderna-, habría recibido el título de médium y habría sido considerado un talentoso. En una sociedad occidental, formalmente democrática y virtualmente cristiana, ese hombre sería considerado un enfermo, alguien incapaz de acoplarse a la “salud productiva” de su entorno. Imaginemos otro caso. Una persona nace con genitales masculinos y femeninos. En ciertas culturas, semejante condición representaba un “valor extraordinario” y se le atribuían, inclusive, los dotes de una deidad. Contrariamente, en nuestro contexto racionalista, la ambivalencia sexual es interpretada como un desatino que debe ser corregido.
A lo largo de la historia y desde que el poder ha sido ejercido de manera centralizada, la salud ha sido una herramienta política para marginar las expresiones de la disidencia. En la Edad Media, por ejemplo, una mujer era etiquetada de “loca” si reclamaba una autonomía que excediera los cotos del oscurantismo eclesiástico. Claro, un ejemplo tan grotesco podría hacernos pensar que afortunadamente nos ha tocado nacer en la era de los “igualitarismos” y las “libertades”. Aquí me gustaría plantear un paralelismo. Alguna vez todos hemos entrado al baño justo después de que alguien haya cagado. Lo más probable (salvo que alguien haya aprendido a defecar flores) es que al entrar, un olor propia y soberanamente mierdoso reclame nuestra atención olfativa. Sin embargo, cuando somos nosotros quienes nos sentamos en la taza de la intimidad, el olor, extrañamente, no suele asumir un protagonismo tan estelar. Eso, desde luego, no se debe al hecho de que la mierda ajena y la propia difieran radicalmente. Más bien, se debe al hecho de que es más “invisible”, a todo nivel, aquello que ocurre en nuestro entorno inmediato.
Y aquí viene el paralelismo. Hagamos, imaginariamente, resucitar a la pobre mujer que fue sistemáticamente censurada en la Edad Media. Le decimos: “Bienvenida al mundo moderno”, “Bienvenida a la evolución y al progreso”, “Bienvenida al Estado de Bienestar”, “Bienvenida a la democracia capitalista” y acto seguido le damos un paseo por la ciudad. Al principio la mujer flipa con tantos caballos sobre ruedas y tantas casas apiladas. Y entonces le empezamos a contar que la gente trabaja frenéticamente. Tal frenesí no está ligado sólo al volumen horario sino, y sobre todo, a la presión psicológica que los empuja a hacer cada vez más en menos tiempo. Le decimos que todos compiten con todos y que eso eleva la productividad. Le decimos que toda la gente es libre pero que por una de esas cosas de la vida todos dedican esa libertad a correr tras un papel coloreado. Y entonces, ante su cara de asombro, sacamos un billete y le decimos: “El dios de tu época ha cambiado un poco y ahora viene procesado en celulosa y con números inscriptos”.
Algo perpleja, la mujer levanta la vista y se queda fascinada frente a un gran cartel luminoso. En fulgurante neón titila el nombre de una marca transnacional. Y entonces puntualizamos: “Los señores feudales se han puesto al día y ahora saltan de continente en continente”. -¿Y entonces, qué ha cambiado?, nos pregunta ella con gran interés. “Bueno... (respondemos) en tu época los niños jugaban con barro y ahora juegan con barro mediático y consolas. En tu época la gente se comunicaba mirándose a la cara y ahora lo hacen mirando botones y teclas y pantallas de diferentes tamaños. En tu época los grupos humanos eran capaces de estremecerse ante un fenómeno natural y ahora el estremecimiento acontece de nueve a doce de la noche”. Ante estas últimas palabras, la mujer devuelve una mirada errabunda. Advertimos, entonces, que la explicación no ha sido clara y retomamos desde la última frase. “El estremecimiento acontece de nueve a doce de la noche porque cuando la gente regresa de sus trabajos, enciende el televisor”.
La mujer no parece hallar anclas capaces de estabilizar estos conceptos. Y justo cuando nos proponemos contar lo rico y diverso de la programación televisiva, la mujer comienza a toser. Ahh... claro, hemos olvidado narrar algunos pormenores de la cultura capitalista. Para hacerlo corto decimos: “Para generar y mantener esta maquinaria del confort ha sido necesario agotar algunos insumos medioambientales” y agregamos: “La tierra, el aire y las aguas están contaminadas. Pero no pasa nada, está todo controlado. Seguramente, en unos pocos años, podremos comprar ‘aire limpio enlatado’ en cualquier cadena de supermercados”. La mujer no ha dejado de toser. Tose como si un par de revoluciones industriales se le hubieran instalado en los pulmones. Tose como si más de dos siglos de humo negro se le hubieran concentrado en el pecho. Y pum! Cae seca como un pájaro. Claro, esta mujer venía imaginariamente desde la Edad Media y en aquel entonces el aire estaba virgen. Nos ha tocado la época de la penetración forzosa contranatura.
Es por eso que antes me refería a la mierda propia y a la ajena. De la ajena hay que cuidarse menos porque los sentidos están más alerta. Pero de la propia... En fin, esto es todo menos una apología a la Edad Media. Sólo intento poner de relieve que la ilusión de progreso podría ser un espejismo. Intento decir que los “oscurantismos” también se aglutinan en torno a mitos racionalizados y masivamente convenidos. La salud es un invento porque la normalidad no es mucho más que un problema estadístico. ¿Puede ser “saludable” una persona que se deja mil horas en un trabajo ajeno a su interés? ¿Es “saludable” alguien que dedica su energía vital a un “sistema” que lo reduce a mero ente productivo? ¿Es “saludable” alguien que acepta que debe trabajar toda su vida para tener derecho a una vivienda? ¿Es “saludable” un cuerpo social que recibe con serenidad el hecho de que otras sociedades se mueren de hambre? ¿Puede considerarse “saludable” un sistema socio-económico que aniquila el presente y el futuro medioambiental?
Si hay una revolución pendiente en la historia, es la revolución de la salud. Un presupuesto básico de esa revolución apuntaría, definitivamente, a vincular las afecciones del cuerpo con los “estilos de vida”. En el ámbito de la Psicología Social se suele decir que una “enfermedad” nunca es individual, que toda enfermedad tiene un origen social. Ciertamente, sólo algunos individuos se hacen portavoces y asumen los síntomas, pero las causas últimas deben ser buscadas en el marco político vigente. Por ejemplo, quizá cueste imaginar un constipado como una enfermedad social. Es preciso, entonces, tomar consciencia de que un simple constipado tiene muchas más chances en una sociedad que promueve el estrés como denominador común. Los trabajos alienantes, el ocio como forma de aturdir la consciencia, las relaciones afectivas insatisfactorias, etc. Una sociedad moderna es un aparato que atenta permanentemente contra nuestro sistema de defensas.
La “neurosis de la máxima productividad” ha hecho, posiblemente, más daño a la salud social que cualquier peste medieval. Pero su visibilidad está revestida de ambigüedades y aparentemente no podemos cuantificar el desgaste... o sí. Habrá que advertir nuestra dolencia política en el día a día. ¿Qué tan grande es el miedo que le tenemos a nuestro yo afectivo? ¿Es compatible el credo de la competitividad con nuestro yo emocional? Aquí van preguntas al aire. Poco más, poco menos, a todos nos queda un pedazo de vida para ensayar respuestas. A lo mejor, en el futuro, cuando en las escuelas nos enseñen a acariciarnos, podamos comprender que la salud del cuerpo, la salud social y la salud política, son una sola.
CRISTIAN YAPUR |
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