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Navidad, navidad, blanca navidad |
Rafa Rius. Ni blanca, ni dulce, ni hostias. Iba yo por la huerta a mediados de noviembre y al llegar a un grupo de casas me pareció ver a un hombre descolgándose de un balcón, me acerqué y ¡Era un puto papá noel de trapo!
Si por ellos fuera la navidad duraría todo el año. Los que dirigen los hilos del consumo ensayan durante el resto de estaciones, sofisticadas estrategias publicitarias; al llegar estas fechas las suelen abandonar: no las necesitan. La estrategia es aún más deshonesta si cabe, pero mucho más simple y más rentable; apela a los más bajos instintos: el buenrollismo, el ternurismo, la familia, los buenos sentimientos ... cualquier cosa que nos haga bajar la guardia y pensar que durante unos días tó er mundo é güeno. Durante unas semanas, un sentimiento de bondad interclasista se instala por decreto en nuestra sociedad, pretenden – y en muchos casos consiguen- que se nos instale en la jeta un rictus de beata imbecilidad satisfecha, de manera que durante esos días, tal parece que ya no haya maltratadores, carceleros, explotadores... no, repito, durante esos días: tó er mundo é güeno... siempre que compre.
No somos personas, somos unidades de consumo que existimos en la medida en que compramos. Nuestro nicho sociológico es el centro comercial. Si tienes problemas: olvídalos comprando. Si no los tienes... celébralo comprando. Si tienes dudas entre tu fidelidad a los reyes magos o al papá noel, ¡No importa: compra regalos en las dos fechas! Si estás triste: compra, si estás alegre: compra, si te invade el escepticismo... da lo mismo: compra también.
Compro luego existo, de lo cual se deduce que si no consumo, no existo: soy invisible. Existe un tópico –en este caso cierto- que hace notar que no hay racismo o xenofobia que se resista a una buena tarjeta de crédito respaldada por una cuenta corriente repleta. Para quien puede consumir no hay razas ni pasaportes, para quien no tenga un euro que gastar, aunque sea más castizo que un fandango y más blanco que la cal... ¡que le den!
¿Quien se acuerda de los presos que se pudren de soledad en su chabolo, de las prostitutas que se mueren de frío en las cunetas, de los mendigos que intentan dormitar entre cartones, de los emigrantes que se emborrachan con vino barato bajo los puentes?... ¿Van a comprar algo? ¿No?, pues ¡Circulen!... Por otra parte, tampoco deberíamos olvidar que durante las entrañables fiestas navideñas se trafica sin medida con unos sentimientos tan hipócritas y falsos como los abetos de plástico o la nieve de poliexpán.
Se supone que en la nochebuena (¿Éin?) –vuelve a casa por navidad- has de ponerte ciego de comer hasta vomitar, codo con codo con ese querido tío, primo, sobrino, cuñao, al que nunca has soportado (y él a ti, menos) con el que tienes que fingir una estúpida alegría que estás muy lejos de sentir y con el que casi siempre acabas discutiendo, como está mandao.
Y en definitiva: Tó este tinglao...¿Pá qué? Reyes, nochebuena, nochevieja, nochehostias...¡PASSSANDO! O, mejor aún: ¡AL SABOTAJE! |
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