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El azar castiga preferentemente a los pobres |
La noticia ni llego a serlo, se olvidó antes de ser masivamente difundida. No podía salir en los telediarios ni ocupar los disputados espacios de los periódicos de mayor tirada, reservados a la publicidad y a la pugna entre Zapatero y Rajoy, por eso se quedó en una breve nota de agencia: “Un joven extranjero de 23 años ha muerto electrocutado cuando supuestamente pretendía robar cable de cobre de un transformador eléctrico...”
Nos quedamos sin saber si dejaba madre, viuda o incluso algún hijo. No pudimos escuchar a los vecinos impresionados por el terrible suceso. Tampoco cenamos con las imágenes televisivas del entierro, en el que la familia llora desconsolada y clama contra el trágico destino; aunque a lo mejor eran tan pobres que ni lágrimas tenían para llorar esa muerte en plena juventud.
¿Sería este chico uno de los que no cuenta ni con 200.000 euros para comprarse una vivienda? ¿Habrá tenido en los dos últimos años varias docenas de contratos temporales, con sueldos que dan para poco más que para el transporte y el bocadillo del almuerzo? ¿Estaría clasificado por el INEM como parado de larga duración? ¿Sería hijo del fracaso escolar? La inmensa mayoría no lo sabremos nunca, aunque siendo un extranjero lo más normal es que no tuviera ni papeles; que no fuera titular de tarjetas de crédito ni estuviera censado para poder votar por los que predican desde la COPE ni por los que arropa la SER.
Con los grandes problemas que preocupan al país, donde no pasa día sin que algún inexplicable famoso ponga a caldo a otro -cuya popularidad también descansa en la telebasura- para seguir alimentando esa fama que lo lleva de boca en boca por mercados, andamios y colas de autobús; con una piel de toro salpicada de especulaciones, corruptelas y campos de golf, y con nuestros deportistas luciendo colores publicitarios por todo el orbe, hubiera sido una falta de visión profesional dar el mínimo protagonismo a una noticia tan irrelevante como la muerte de un ratero de poca monta, que ni siquiera tendría su permiso de residencia en regla.
No habrá faltado, entre los pocos que hemos podido saber algo del suceso, quien haya respirado con alivio pensando que las malas acciones tarde o temprano se pagan, y que este peligroso delincuente ha recibido el justo castigo a su delito de forma mucho más eficaz y contundente de la que hubieran aplicado unos jueces demasiado sentimentales a la hora de impartir justicia. Da miedo pensar en esa posibilidad, pero sin duda que tenemos, incluso en nuestra misma escalera o urbanización, semejantes que piensan cosas así y que no dudarían en pedir la libertad del novio de Isabel Pantoja o de cualquier delincuente de guante blanco, al mismo tiempo que piden duras penas (los hay que hasta de muerte) para criminales sin posibles. Dirías que parece como si en estos atolondrados tiempos que vivimos se considerase más sagrada e inviolable la propiedad privada que la pública; por eso se demanda mano dura contra la delincuencia callejera, pero se llegan a considerar pequeños despistes de hombres honorables -y hasta admirables en muchos casos- los pelotazos urbanísticos, la corrupción política y el blanqueo de dinero.
En una sociedad que va perdiendo sus valores éticos para sustituirlos por el culto a la riqueza y al éxito profesional, no es de extrañar que se admire al que triunfa (sin importar mucho la fórmula) y se desprecie al que cae, al que es incapaz de superar el destino que esa misma sociedad tiene reservado para la mayoría, para los que tengan la pésima suerte de nacer en la familia equivocada. Porque si este muchacho, tan pobre que ni en su muerte le han puesto nombre, no hubiera elegido el origen y el oficio equivocados, haciéndose ladrón de cables y otras chatarras, y se hubiera preparado para ser promotor inmobiliario, director de banco, notario o embajador, pues se habría asegurado un futuro brillante, tranquilo y placentero. La culpa es de las malas compañías, como nos decían en la catequesis; seguro.
Aun reconociendo que comer es una necesidad que tira mucho, y viendo lo difícil que se está poniendo tener un trabajo mínimamente digno, donde no te exploten más allá de lo tolerable, no me atrevería a pedir que la muerte que se viene comentando se considerase accidente de trabajo. Es cierto que se ha producido en el transcurso de una actividad laboral y económica, tan criticable como la usura bancaria y otros oscuros negocios, pero al no estar ésta reconocida por el ministerio del señor Caldera ni tampoco por la CEOE y demás agentes sociales, no procede sumar este fortuito óbito a los otros mil que se producen cada año entre los currantes españoles. No queremos que los éxitos del gobierno Zapatero se enturbien con una nimiedad como la muerte de un presunto ladronzuelo.
Entendemos que caco sin cualificación no sea un oficio reglado, pero por la misma lógica nos atrevemos a pedir que se revise la inclusión en el catálogo de profesiones homologadas de unas actividades tan poco útiles socialmente como las que realizan "artistas" y "periodistas" del cotilleo, políticos con vocación para forrarse, empresarios que cobran las subvenciones públicas poco antes de cerrar, creadores de opinión (de la opinión de los que les pagan), cantantes que sólo cantan en play back, ídolos con pies de barro, rancios aristócratas y muchos otros oficios tan poco beneficiosos para la sociedad como los reseñados.
Antonio Pérez Collado |
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