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València, Dissabte: 5 Juliol 2008
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¿Viva la clase proletaria?
Antonio Pérez Collado. Hasta la segunda mitad del siglo pasado la clase trabajadora no solomante era depositaria de la fe marxista en un cambio revolucionario, que supondría el fin del estado burgués y el principio de la dictadura del proletariado, sino que también representaba al sector más activo y comprometido de la sociedad.
Parece obvio pensar que entre sus miembros había elementos conservadores y contrarrevolucionarios, pero tomada en su conjunto, la clase trabajadora marcaba sus diferencias frente a los valores de los patronos y burgueses, frente al poder establecido. Por si la cultura obrera no fuese suficiente antídoto contra la ideas burguesas, las familias no tenían los recursos suficientes para acceder a los costosos y todavía limitados bienes de consumo que sólo los muy pudientes podían permitirse.
Pero en la mayoría de los casos no era la extrema pobreza la que mantenía a los obreros alejados de las costumbres de las clases adineradas, también circulaban en las organizaciones obreras y en los ateneos libertarios toda una serie de corrientes naturistas, esperantistas y vegetarianas, cuyas mayores preocupaciones eran la búsqueda de un equilibrio entre la libertad y la salud del individuo y el respeto a la naturaleza.

El capital sufrió grandes transformaciones a lo largo del siglo XX, y los avances técnicos le perimitieron multiplicar su producción, por lo que los ricos ya no podían absorver la gran oferta de artículos que la industria ofrecía de forma creciente. Con muy buen ojo el capital vio que si conseguía que los obreros, que eran muchos más que los patronos, lógicamente, se convertían en ávidos consumidores, tendría un mercado mucho más grande para inundar con sus nuevos productos.
Con los sueldos que entonces se pagaban, la conversión de austeros proletarios en satisfechos consumidores no era posible. Por eso se produjo el pacto entre las corrientes socialdemócratas y el gran capital, mediante el cual los patronos mejorarían sensiblemente las condiciones salariales de los obreros y los sindicatos renunciaban a cualquier sueño revolucionario. La cosa ha funcionado a la perfección durante décadas y podría seguir así indefinidamente si el capital no se debiera al que es su principio básico: ganar cada vez más. Ahora, para seguir con su espiral ascendente de beneficios, lo que se propone es inducirnos a mantener en alza los hábitos consumistas y, al mismo tiempo, recortar nuestros ingresos para así aumentar sus ganancias.

Sin embargo, y según ya están observando tanto los grupos ecologistas como muchos científicos no vendidos al sistema, la capacidad del planeta para suministrar todas las materias primas que el consumismo acelerado demanda, así como para digerir la ingente cantidad de basura que producimos es limitada y está llegando a su límite. No podemos ni imaginar qué pasará cuando las poblaciones de los países que se están incorporando al llamado mundo desarrollado en Asía o el Este de Europa (más de 2.500 millones de personas) alcancen los niveles de  consumo de que “gozamos” actualmente en Norteamérica o la UE.

No creo que nadie se atreva a dudar del derecho que asiste a todas las personas a tener acceso a los artilugios y bienes que atesoramos en nuestra satisfecha sociedad occidental: si un currante español (o de cualquier nacionalidad peninsular emergente, que nadie se enfade por esas nimiedades) puede presumir de vivienda habitual y chalet, de un coche para cada miembro de la familia o de televisores hasta en el cuarto de baño ¿por qué no puede aspirar a ese suicida desarrollo un nativo de China, Méjico o Indonesia?  

Que los obreros no tengan conciencia de serlo ni se planteen cambiar este modelo de sociedad, que los explota e idiotiza sin que ellos se den cuenta, no significa que las clases hayan desaparecido. Si siguen existiendo –y actuando colectivamente en defensa de sus inconfesables intereses- las castas de militares, clérigos, banqueros y gobernantes, más razones deberían tener los trabajadores para pensar en sus derechos pisoteados y buscar la forma de luchar juntos para emanciparse integralmente del Estado y el Capital...

Y no me refiero sólamente a los derechos salariales o la mejora de las condiciones de trabajo, que son muy importantes; estoy diciendo que –tal y como ya hacían los sindicatos en su época dorada- los obreros pueden y deben controlar lo que producen y negarse a fabricar productos que vayan contra la vida y la salud de las personas o contra el medio ambiente.

El consumismo es una opción personal; inducida, es cierto, pero personal. La salida inmediata y la toma de conciencia también es posible de forma individual, sin esperar a un lejano e improbable cambio revolucionario.

ANTONIO PÉREZ
De la Revista Al margen de Otoño '07
 
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