|
|
Cristian Yapur.Yo tengo una bomba. Parecerá curioso pero no sólo tengo una bomba, además la llevo a todas partes. Resultará inquietante pero lo cierto es que nunca salgo sin mi bomba, es que me gusta estar siempre preparado para cualquier eventualidad. Contra lo que se pudiera pensar, he podido atravesar, cargando mi bomba, todo tipo de controles y filtros. Sí, y no sólo eso, también he cruzado fronteras transatlánticas con mi secretísima bomba.
¿Qué dónde está la clave? Es muy simple, los controles convencionales sólo detectan la presencia de metales y mi bomba está fabricada con... mmm... digamos, recursos heterodoxos. Ni siquiera los perros más adiestrados han podido dar con su pista. No me gusta andar presumiendo pero no puedo dejar de jactarme de la delicada sofisticación de mi “artefacto”. Quizá, la cualidad más atractiva y cautivante de mi bomba resida en el hecho de que su poder, con el tiempo, no deja de multiplicarse. Su fuerza expansiva ha crecido tan exponencialmente que ya no puedo soslayar la tentación de usarla. Y aquí surge otra de las cualidades más increíbles, al revés de cómo funcionan las demás, esta bomba mía no sólo no se agota al accionarla sino que crece más y más cada vez que le prendo la mecha.
En mis ojos se ha desarrollado un brillo especialmente vivo, de la misma manera que en algunos reptiles se han desarrollado colores intensos y contrastantes para advertir al mundo de que cuentan con algún peligroso y subversivo veneno. Antes, cuando era más joven, pensaba que era oportuno detonar mi bomba sólo en algunas ocasiones, ahora, en cambio, voy comprendiendo que cualquier coyuntura es buena para “romperlo todo”. Y es que la bomba de la que hablo tiene la rarísima destreza de desintegrar todos los espesores sin lastimar a nadie. La ciencia médica se afana en repetir que la “bomba humana” no es otra cosa que un músculo involuntario que posibilita la circulación. Pero a mí se me ocurre que esta bomba, dotada con un ritmo propio, tiene facultades insólitas, indecibles. Efectivamente, cada latido es una nueva inyección de sangre reoxigenada, todos lo sabemos y la cosa podría quedar ahí. Sin embargo, a fuerza de “escuchar” con todas las antenas, creo estar entendiendo que esta bomba, además de sangre, puede hacer circular otros caudales, fuerzas magníficas, invisibles e inverificables pero realmente magníficas. He aquí el secreto de su vastedad, su poder no es reductible a valor de mercancía, su condición expansiva no halla correlatividades ni homologaciones ni sucedáneos en ningún mercado.
El sistema en funciones, siempre tan atento a todo aquello que resulte susceptible de ser integrado en la gran rueda económica, no se detiene ante este tipo de cuestiones. Es decir, la fuerza de nuestras “bombas”, si queremos, puede tener vía libre para crear metástasis ilimitadas, o mejor dicho, sólo limitadas por nuestra voluntad y nuestro lapso vital.
Las culturas humanas han venido sospechando que hay un caudal cuyo poder aún no ha sido explorado, al menos a escala colectiva, y se han venido proponiendo sustantivos para nombrar esa fuerza ignota y a la vez fantástica. Afectividad, amor, consideración, respeto, cariño, amistad, fraternidad, empatía, etc. También es verdad que en nombre de estos valores se han cometido auténticas aberraciones, de modo que prefiero dejar el espacio en blanco para que cada uno se invente la palabra que mejor le suene. A mí me gusta pensar que entre pulmón y pulmón lo que tengo es una bomba, un explosivo tremendo que, como dije antes, puede romperlo todo. Y entonces sueño con que nuestras bombas hacen un efecto en cadena quebrando todos los miedos que supimos heredar.
Suelen decir que los anarquistas tenemos una cierta afición por las explosiones, pues bien, no voy a desandar el mito, vivo colgado de una fantasía que se expande silenciosamente. Yo tengo una bomba y no quiero dejar de estar estallando en todo momento. Hay una preciosa subversión disponible para cualquier persona que tenga ganas de apostar por aquello que aún no existe. Hay una revolución esperando a todo aquel que quiera accionar los dispositivos invisibles que se agitan dentro de su propio pecho.
A propósito de concebir formas de militancia, a propósito de pensar modos viables de insurrección cotidiana, yo presento mi bomba (fabricada con dudas y contradicciones, como todo lo humano). A propósito de reinventar las ilusiones, yo propongo enfrentar el obstáculo más grande: nosotros mismos.
Que la vida sea un misterio. ¡Salud!
Cristian Yapur De archivo de la Revista Al Margen
|
|
|
Colabora en la creación de contenidos en barriodelcarmen.net |
Columnistas
El Caragol, Lola Cubells, Higinio Polo, Terrible, Carlos Martínez, Fernando B Abad, Carlos Liendro, Pasqual Requena, Cristina Escrivá, Gustavo Roig, Ca Revolta, Fernando Mafé, Antonio P. Collado, Revista Al Margen, Palestina LLiure, Terra Crítica, Benjamín Lajo, >>
Recursos Copyleft:

|