“La aldea se despereza por la mañana y mira temerosa al equipo de máquinas que viene a modificar su dibujo elaborado año tras año desde la antigüedad, calles obsoletas, recoletas plazas con pequeñas fuentes y hasta dos surtidores. La aldea no creía precisar de una operación de estética de tan alto riesgo como la que intuía. Los viejos robles de casi 500 años de la plaza antigua suspiraban estremecidos ante la amenaza del trasplante y el olivo de la plaza mayor se peguntaba ¿Me recordaran los niños de esta aldea cuando sean viejos? ¿Cuántos referentes más les tocará perder?.”
EL TERRITORIO La estructuración de un territorio requiere un equipo multidisciplinar de serios profesionales, ya que se trata de organizar la convivencia en equilibrio de las diferentes actividades y personas que van a habitarlo.
Hay que desarrollar la parte arquitectónica; estructurar las vías de comunicación diseñando redes de caminos y carreteras; establecer saneamientos integrándolos en el medio ambiente; delimitar los bosques vigilando los ecosistemas; equilibrar la zona productiva y, muy importante, fomentar una educación de respeto y concienciación de que el maltrato al territorio repercute directamente en el individuo.
Su manera de acotarlo, dominarlo, utilizarlo, explotarlo o disfrutarlo, señala un hacer y supone una difícil elección. Pero el eje que mueve el engranaje de la ordenación territorial solo parece tener una finalidad, el dinero.
La historia de la especulación empieza en el suelo; después de sacar despiadadamente de sus entrañas todo lo que pueden ya sea diamantes o petróleo, pasan a la parte de arriba y, entre todas las posibilidades que brinda el hecho de definir el espacio en que vamos a habitar, resulta que eligen una opción que desertiza las tierras, envenena los acuíferos y seca los manantiales.
Entran en nuestra tierra como la soldadesca de antaño entraba en las poblaciones conquistadas.
El trabajador de la tierra cada vez es mas pobre porque su producción, a pesar de pesticidas y abonos abrasivos no cubre sus necesidades, como no puede comprar mas tierras para aumentar la producción por su precio, solo tiene una opción, vender la suya a un precio risible en comparación a lo que se va a sacar de ella.
Dentro de las actuaciones de guerra sin fin a la que en cierta manera nos tienen sometidos, una es la del territorio conquistado por la fuerza y cuya gestión se ha entregado a unos mercenarios que asolan, queman, rapiñan y someten a tributos onerosos.
Dejan para las acciones mas directas y visibles, como antaño en los asaltos a los pueblos, a una chusma encanallada que, provista de ladrillos, es la cabeza visible de los desaguisados que en materia medioambiental se producen a escalas muy peligrosas y, cuando salta a la luz alguna actuación escapada, solo aparecen unos cuantos desarrapados recién enriquecidos que actúan, cuando toca, de payasos de las bofetadas.
En este primer mundo se está, como en un estado de sitio, cercados por unos intereses que de forma “voluntaria” defendemos como propios con la pobre excusa y amenaza de unos puestos de trabajo en la construcción y en las áreas de servicios que se supone han de dinamizar los lugares. Pero el dinero es la única finalidad que parece interesar de una programación sobre el territorio. En cuanto aparece una posibilidad, un montón de gente empieza a frotarse las manos y no precisamente para ponerse a trabajar en serio.
En la Comunidad Valenciana el gobierno del PP y durante la legislatura de Aznar, para acabar con las especulaciones y el alto precio del suelo, o sea según ellos, para abaratar el suelo, se decreta que “todo terreno es susceptible de ser urbanizable”. Sí, realmente se bajo el precio al que lo compraron, pero no al que lo vendieron posteriormente.
Ni tan solo el hecho de estar en un país en el que uno de los principales ingresos proviene del turismo, ha servido para realizar un planteamiento serio y duradero. El cerco, en este caso, es la amenaza sobre un puesto laboral inestable y sometido a la arbitrariedad del mercado de servicios. Han conseguido hacer del trabajo una indignidad. Nos rasgaríamos las vestiduras si la economía de nuestro país dependiera de la droga, pero no parece importar el precio que pagamos en salud y paisaje.
Después, una vez asoladas las tierras y acabado con las dunas y humedales de todas las costas, cuando necesitamos una vivienda nos la venden a un precio equivalente al de los tributos de guerra que antaño pagaban los pueblos a sus invasores, y así, durante 30, 40 y hasta 50 años se ha de pagar por un habitáculo generalmente insalubre y mal construido al que añaden unos “acabados de lujo”. Poco difiere de los “impuestos revolucionarios”, solo que esta vez se lo estamos pagando a unos señores que han destrozado, muchas veces de forma irreversible, lo que por derecho es el primer bien de un pueblo, su territorio.