Mercado Central

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El Mercado Central de la ciudad de Valencia es una construcción de estilo modernista y se empezó a construir en el año 1914 por Francisco Guardia Vial y Alejandro Soler y March, ambos formados en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y habíendo trabajado en el equipo de colaboradores de Domènech i Montaner, arquitecto que se caracterizó por un estilo propio dentro de las líneas del modernismo.

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Plaza del mercado antes de la construcción del mercado Central

Está situado entre la plaza del Mercado, al lado de la Lonja de la Seda y la plaza de la ciudad de Brujas. La calle vieja de la Paja separa el Mercado Central de la Iglesia de los Santos Juanes. En el lado opuesto, el Mercado Central da a las bonitas calles Palafox, plaza en Gall y calle de las Calabazas.
En el Mercado Central se vende todo tipo de alimentos como peces y mariscos y carnes tanto para consumo doméstico como para abastecer a importantes restaurantes de Valencia. La compra en este lugar está cargada de gran encanto por la belleza de su arquitectura y la tradición e historia del mercado.
El Mercado Central combina el metal, las cúpulas, el vidrio, las columnas, al recuerdo gótico del modernismo, como si de una catedral del comercio se tratara, combinando muy bien con la vecina Lonja de los Mercaderes. En el centro del edificio se aprecia una gran cúpula coronada por una veleta.

Fuente: wikipedia



Ahora el mercado está en obras de restauración. Esta galería está realizada el 17 de julio de 2007, excepto 2 fotos exteriores de antes. Completaremos más adelante cuando terminen las obras




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Construcción del Mercado Central


Historia del mercado según el sitio web del Mercat:

El mercado surgió en la Valencia árabe, alrededor de la mezquita, en un laberinto de calles y plazuelas cuya nomenclatura ha sido elocuente testimonio: la plaza de la Virgen se llamó de la Paja; la que ocupaba el solar donde se construyó el Aula Capitular, de las Gallinas; la del Arzobispo, de la Fruta; y otra inmediata, la de la Hierba. No obstante, dada la importancia agrícola y la densidad demográfica, parece ser que se mantenía también un mercadillo en el arrabal de la Boatella (extramuros), prolongación del barrio de la Alcaicería, que se caracterizaba por la ordenación del comercio especializado, auténtico cordón umbilical unido a la carnicería y matadero situados en la actual plaza Redonda, próxima a la plaza de Les Herbes, luego Peixcatería y, finalmente, Lope de Vega.

Por privilegio dado en Barcelona el año 1261 y confirmado en Gerona en 1264, Jaime I concedió mercado semanal con carácter de feria a la citada zona de la Boatella, sobre cuya mezquita se edificó la ermita de los Santos Juanes. En esa misma demarcación -germen de la vida mercantil- Jaime I cedería otra mezquita a Fray Pedro Nolasco, miembro de su séquito, que fundó el convento de la Merced. De esta época, la del cambio de minaretes por campanarios, fue también el convento de las Magdalenas, conocido popularmente por «Les Malaenes».

El desenvolvimiento mercantil se consolidó; y a partir de 1344 comienza a funcionar la Lonja de los Mercaderes, compartiendo con el Tribunal del Consulado un edificio en la plaza del Collado, que luego se destinaría a Lonja del Aceite distribuyéndose los almacenes por toda la ciudad: de trigo, en el Almudín; de aves, cacharrería y vidrio, en la plaza Redonda; de arroz y frutos secos, en la Lonja; de sal, en el Temple; de paja y algarrobas, en la plaza de la Encarnación; de caballerías, en el Llano del Remedio; de esparto, en la plaza de Mosén Sorell; de tejidos y mantas, en las calles de Mantas y Bolsería; y de pescado, en la calle del Trench; mientras que los habituales de alimentación se instalan en las plazas del Mercado, Congregación y Mosén Sorell.

La fama del Mercado de Valencia transciende a Europa y aquí vienen a establecerse los franceses -en la calle Dels Drets- que vendían tejidos, blondas, encajes y quincalla fina; en la de los Hierros de la Lonja los mercaderes suizos y alemanes, expendedores de quincalla barata; y en la de La Bolsería, genoveses y malteses, que monopolizaban el comercio de lienzos. La plaza del Mercado se convirtió en centro neurálgico de la vida ciudadana, que despertaba con el alba, cuando llegaban los carros de las huertanas bien repletos de hortalizas y frutas; y se levantan aquellos puestos de madera y lona limitados por capazos de esparto. Allí acudían los marinos genoveses y catalanes; las damas y sirvientas; caballeros y celestinas; ladronzuelos, ciegos que cantaban gozos de santos y horrorosos crímenes; frailes, soldados, estudiantes y todo aquel que deseaba participar del espectáculo.

Era la plaza de las fiestas, de los pregones y de los ajusticiados. Como contrapunto del bullicio aparecía, a veces, el cortejo presidido por el verdugo -Morro de Vaques- y acompañando al reo iban los clérigos exhortadores y los cofrades de Nuestra Señora de los Inocentes y Desamparados. La Cofradía solicitó de la Justicia recoger el cadáver del condenado, que enterraban en el cementerio de la iglesia de los Santos Juanes y posteriormente junto al barranco de Carraixent, en un pequeño cementerio que todavía subsiste. Sin embargo, en ocasiones, el cuerpo del ajusticiado quedaba colgando en la horca durante horas y la gente rehuía la zona, aunque el humor negro se inspirase para sacar coplas y versos, como los que recogió Jaume Roig: «Ni mentjaria carn del mercat si hom penjat algú hi havia...»

Según las crónicas, la instalación de la horca es anterior a 1409. Orellana la describe de piedra picada y situada en medio del Mercado, frente a la Lonja. En 1599 se derribó, ya que con motivo de los festejos celebrados en honor de las bodas de Felipe III y la Archiduquesa de Austria, allí se colocó un acro triunfal. Después se construyó una nueva horca y en 1622 se demolió para el faustuoso recibimiento de Felipe IV. A partir de esa fecha la horca se alzaba únicamente cuando se ajusticiaba; y en ella fue ejecutado José Romeu y Parras, el Palleter, por haberse levantado en armas contra los franceses.

Lugar preferido, también, para la concentración festiva, la plaza del Mercado fue marco de brillantes ejercicios ecuestres y torneos. Se instalaban barreras y tablados, ondeaban gallardetes y de los balcones y ventanas pendían colchas, terciopelos y damascos.
Enrique Cock, en su libro «Relación del viaje hecho por Felipe II en 1585 a Zaragooza, Barcelona y Valencia», describe con minuciosidad las corridas de toros y las justas, en las que cuarenta y ocho caballeros, divididos en seis grupos de ocho, distinguiéndose por el color del atuendo y preseas, se arrojaban cañas y cambiaban caballos siguiendo la antiquísima costumbre usada por los árabes, para obtener el favor de damas y doncellas. Torneos que aún serían superados por los que acontecieron con motivo de las bodas de Felipe III.
En el Mercado, las corridas de toros continuaron hasta 1743; año en que se trasladaron como consecuencia del accidente que provocó la caída de una de las almenas de la Lonja, arrancada por las cuerdas que sostenían el toldo de la plaza; suceso en el que murieron varios espectadores.

Siendo alcalde Justo Ibáñez Rizo, en 1910 se convoca un nuevo concurso, y de los seis proyectos presentados se elige el de los arquitectos Alejandro Soler March y Francisco Guardia Vial. Ambos se habían formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y habían trabajado en el equipo de colaboradores de Luis Doménech Montaner, arquitecto que se caracterizó por un estilo propio dentro de las líneas del modernismo.

Los arquitectos Alejandro Soler March y Francisco Guardia Vial, a instancias de la Corporación, modificaron el proyecto original y el Mercado se construyó de acuerdo con el fechado en noviembre de 1914, obra que terminaron los arquitectos Enrique Viedma y Ángel Romaní en el año 1928.

Alfonso XIII protagonizó el acto protocolario con que se iniciaron los derribos. El 24 de octubre de 1910, con una piqueta de plata dio varios golpes en el muro del número 24 de la plaza del Mercado. Al monarca le acompañaban la Reina Victoria Eugenia, el Presidente del Consejo de Ministros, don José Canalejas; el Ministro de Gracia y Justicia, don Trinitario Ruiz Valeriano; el Capitán General, el Arzobispo de la Diócesis, Gobernador Civil, Alcalde de la Ciudad, Presidentes de la Diputación y de la Audiencia, Gobernador Militar, Comandante de Marina, Rector de la Universidad, Cuerpo Consular, Ordenes Militares, Senadores, Diputados y diversos representantes de sociedades y corporaciones.

Los derribos fueron lentos, se acumularon dificultades de toda índole y las obras parecían eternizarse. El solar en el que se asentó el Mercado Central -más de ocho mil metros cuadrados de superficie- abarcaba el del Mercado Nuevo, tres manzanas con 42 casas, calle de las Magdalenas, parte del Molino de Na Rovella y del Conde Casal. Por fin, dieciocho años después del golpe de la piqueta, el 23 de enero de 1928, se inaguraba el grandioso Mercado; y, como lo exigía el paternalismo de la época, en sus naves se dio una comida extraordinaria a más de dos mil pobres, servida por jóvenes de la élite social.

En numerosos barrios de Valencia, a principios de siglo, funcionaban ya mercados de relativa importancia como los de la Congregación, Mosén Sorell, Pilar, Serranos, Plaza de San Francisco, Ruzafa, Jerusalén, San Sebastián y Colón, pero la costumbre tradicional imponía una visita periódica al Mercado Nuevo; y la política municipal acentuó su carácter prioritario al construir el Mercado -nunca mejor llamado- Central. La Corporación quiso distribuir las funciones ciudadanas según un esquema triangular: la Plaza de la Virgen como centro religioso; la Plaza de Emilio Castelar (hoy del Ayuntamiento) como enclave para los asuntos cívico-administrativos y financieros; y la Plaza del Mercado para el desenvolvimiento mercantil. Este se consiguió durante décadas; perduran todavía una serie de calles confluyentes, en las que platerías, pescaderías, tiendas de tejidos, confección y coloniales se suceden manteniendo un aire antañón en los elementos decorativos, maniquíes planos, mostradores de madera y emblemas que son reclamo publicitario a la intemperie.

Como ejemplo, ahí está el reluciente «Sol» en una atmósfera que huele a canela, pimentón y nuez moscada; y en la calle de La Bolsería, «La Labradora», silueta de madera recortada sobre la fachada de una colchonería donde aún se prefiere la lana a la goma-espuma y los muelles.

La espectacularidad del Mercado Central no rompe la estética de la plaza donde destacan la Lonja y los Santos Juanes. Es, indudablemente, el edificio más representativo de Valencia a principios del siglo XX; el de la ciudad que avanza en el progreso y se siente orgullosa del potencial agrícola de su huerta; sentimiento que se trasluce en la ornamentación cargada de fantasía alegórica.

El lenguaje expresivo predominante fue el del modernismo, aunque también se advierten elementos historicistas y novecentistas. Resulta difícil realizar una valoración arquitectónica del Mercado Central o calibrar su grandiosidad a través de las cifras. Exactamente, ocupa una superficie de 8.160 metros, dividida en dos zonas o polígonos; el primero de ellos es irregular, con una superficie de 6.760 metros cuadrados; y el otro, octogonal, destinado a la pescadería, tiene una extensión de 1.400 metros cuadrados. El sótano es de 7.690 metros cuadrados; se dedicó a la subasta del pescado y actualmente lo utilizan los vendedores para aparcamiento.
     
Las cúpulas, de hierro, cristal y cerámica (la central alcanza los 30 metros) y las veletas que las coronan: la de la cotorra y la del pez, se integran a una panorámica paisajística de torreones y campanarios eminentemente valenciana.

La distribución del interior es racional y perfecta, de manera que los puestos se sitúan a lo largo de una serie de calles rectilíneas atravesadas por dos anchas vías. Se concibió para 959 puestos, formados en la zona general por tiendas altas cerradas para carnicería, tocinería, ultramarinos y quincalla; tiendas bajas para venta de patatas, legumbres, verduras, frutas y gallina; tiendas altas abiertas para venta de pan, volatería, carne y caza, existiendo en la pescadería tiendas altas para venta de salazones y despojos, y tiendas bajas para pescado.

Los dos pabellones que flanquean el acceso principal están construídos enteramente en ladrillos visto, con aplicaciones de piedra y de cerámica decorada; mientras que el cuerpo anexionado de Tenencia de Alcaldía sigue la construcción de influencia novecentista y queda rematado por torretas coronadas por pequeñas cúpulas semiesféricas.

El hierro, el ladrillo, la piedra de Buñol, el mármol, azulejos y mosaicos fueron los materiales empleados en la construcción del Mercado Central, considerado como uno de los más bellos de Europa y máximo exponente para conocer la idiosincracia del valenciano.

Agrupa a casi 400 pequeños comerciantes, movilizando en la actividad diaria a 1.500 personas. Es el mayor centro de Europa dedicado a la especialidad de productos frescos; y el primer mercado del mundo que ha afrontado el reto de la informatización de las ventas y distribución a domicilio, desde el día 2 de octubre de 1996.

No hay autocar de turista que, aunque no pernocten en Valencia, si han de cruzar el término de la ciudad, dejen de visitar el Mercado Central. Conviene perderse por sus calles, admirar la policromía de las frutas, sentir el murmullo de las voces de la gente que habla y ríe; percibir los olores de la calabaza asada, de las naranjas, del apio y las alcachofas; de los hornos, de las hierbas y especias, a las que es tan dada nuestra cocina; especias que ya recibíamos de Oriente a través de la ruta que pasaba por Venecia y Nápoles en el siglo XV; y que Joanot Martorell ensalzó en "Tirant lo Blanch" al referirse al jengibre junto con la malvasía.

Fuente: mercadocentralvalencia.es

Si coneces más o mejor la historia de este lugar, ponten en contacto y complementa esta información externa.


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