Plaça Redona

Galerías




El ámbito circular que proyectó Salvador Escrig, en 1839, es un núcleo comercia, donde se venden cerámicas, pasamanería, puntillas, ropa laboral y de bebé y muebles de hierro
M.ª ÁNGELES ARAZO/
http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20070616/cultura/plaza-redonda-entorno_20070616.html

Ala plaza Redonda se entra por las cortas calles de los Derechos, Vallanca, Pescadería y plaza Lope de Vega, bajo cuatro arcos que recortan desde lejos la techumbre y puestos funcionales recubiertos de cerámica, del mercado más original de Valencia.

Los edificio que configuran el espacio circular, obra del arquitecto Salvador Reig (iniciada en 1839), se levantaron en los solares de la antigua pescadería. Después estuvo dedicado a la venta de cacharros y aves. Las casas dan la impresión de alegre corro por la similitud de sus fachadas, barandillas en los balcones y persianas de tabloncillo. Ahora, nuestra plaza está pendiente de rehabilitación, pero su vitalidad sigue; fue capaz de vencer hasta el tiempo difícil en que se peatonalizaron las calles del Trench y la plaza de Lope de Vega.

En el centro mana una fuente de taza redonda y columna con cuatro mascarones, rematada por una farola. A la fuente baja alguna paloma y siempre algún niño se acerca para hundir las manos en el agua mientras su madre elige delicadas puntillas, almohadones bordados, hilos, lanas o pequeños mantones.

Si en los puestos del interior dominan las mercerías repletas de género, en los puestos exteriores de tan singular corona destacan los de ropa laboral para los más impensables trabajos, como exhibe el León. Y junto con uniformes y buzos, las típicas blusas de labrador negras, que cuando los agricultores las dejaron de usar, los falleros las reclamaron, siendo auténtico artesano de esta prenda Eduardo Martínez; basta decir que son las que lucen los miembros del Tribunal de las Aguas.

Los bajos de las fincas utilizan como expositor la acera; y la cerámica es la dueña; quien busque cerámica, no sólo de en Valencia sino de cualquier ciudad española, sin duda la hallará en La Casa de los Botijos, Viuda de Pedro Serrador, Ramón Ramón y Los Peces (ahora conocida ya por Vicent Monlleó), tal es la popularidad que le dieron sus cuatro hijos cuando eran pequeños, que realizaban las pilas de agua bendita más naïf y alegres del mundo.

¿Y qué decir de la ropa de bebé?. La casa Vera, 65 años en la plaza Redonda, posee pañales de cristianar de gasa, organza y batista, delicados como una nube. Pañales, pequeñas capotas, zapatitos de perlé trabajado como encaje. De generación en generación, sigue la firma, como la de Torralva, en la esquina de la plaza Lope de Vega, con prendas infantiles y de adolescente.

La Rotonda y El Clot, se encargan de la restauración y del olor a paella, a calamares o sepia al ajillo, que los turistas apuran ante vasos de cerveza, como apuran el ambiente acogedor del zoco.

Hará unos 35 años, antes de que los puestos de obra se construyeran, los vendedores utilizaban mesas tijera y carros-baúl con toldos de lona que guardaban por las noches en las posadas de La Muela y La Corona, en la calle de Zurradores. Mesones de la familia pedralvina de Los Solano, que décadas atrás también acogieron a ordinarios de Bugarra y Gestalar, y en donde se hospedaban los vendedores de sobrasada de La Marina. Pequeña historia, como son las múltiples que quedan en la memoria de quienes viven en el entorno.

Tienda de las Ollas
La salida a la calle de Jofrens, dando la vuelta a Chez Ramón, chimeneas y muebles de hierro, es la recomendada para conocer la tienda bicentenaria de Valencia, fundada en 1793.

Si comenzó como depósito central de Ollas de Hierro, con el tiempo se ha convertido en la más famosa imaginería, donde todos los santos de la corte celestial comparten importancia con múltiple pasamanería, aderezos de valenciana, manteletas, delantales y hasta rodetes y moños postizos o largas melenas de cabello natural para peinarlos.

Se mantienen los mostradores y los cajones; y el tiempo respetó los artilugios para abalorios, como las balanzas que pesan perlas e hilos de plata y oro; y la maquinilla que proporciona agujas casi invisible para cristales de milésimas. San Vicente Ferrer, en su hornacina, preside el establecimiento emblemático de la elegante calle, que huele a buñuelos apenas llega marzo y que está custodiada por la más bella torre de la ciudad, la de Santa Catalina. Barroca, proyectada por Juan Bautista Viñes (últimas décadas del XVII), es el campanario del templo levantado en antigua mezquita. Santa Catalina, matrona de un dédalo de calles y plazuelas.

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