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Cristina Escrivá
Se admite el INTERCAMBIO de PRODUCTOS. Madrid 1933
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Cristina Escrivá
Se admite el INTERCAMBIO de PRODUCTOS. Madrid 1933
Cristina Escrivá
En noviembre de 1933 la revista Estampa reclamaba la atención de sus lectores realizando un reportaje sobre una sorprendente noticia. Varios tenderos en Madrid habían optado por un nuevo sistema de intercambios al margen de la economía oficial. “El primer cartel apareció invitando a los clientes a participar, […] estos hombres van a luchar contra el vil metal. La calle del Amparo es el campo de batalla donde se han iniciado…”, comentaba el reportero Francisco Díaz Roncero.
Estampa, 11 de noviembre, 1933. Fotografías Marina. HDBNE
Las fotografías firmadas por “Marina” ilustraban los establecimientos de estos “revolucionarios” y sus protagonistas. Posibles futurólogos del tiempo actual que utilizaron otros medios para una economía más racional, valorando de forma similar el producto y el trabajo para cubrir las necesidades de la existencia diaria.
Propuestas semejantes se están proponiendo y realizando hoy para hacer frente a la economía (prima de riesgo, %, swaps), con la economía real (la compra, facturas de luz y agua, alquiler). Bancos de tiempo, cooperativas integrales... Propuestas que tratan de devolver lo económico a la esfera de lo cotidiano, evitando, a la manera recomendaba por el sastre de la calle Amparo, el uso “de un dinero del que no disponemos”.
En el verano del año 1935, en Mundo Gráfico, el articulista Carlos Gómez Rivera se preguntaba si el trueque era una forma revolucionaria de entender la economía, tras el ejemplo dado por estos tenderos y artesanos madrileños.
Mundo Gráfico, 7 de agosto, 1935. Fotografías Videa. HDBN
Con el primer cartel colgado que anunciaba: “Se admite el intercambio de productos”, en la sastrería de la calle Amparo, las mujeres se preguntaban qué pretendería decir tal invitación. A lo que el sastre explicaba: es el trueque de bienes “sin que usted ni yo hayamos necesitado hacer uso de un dinero del que no disponemos”. Así, entre algunos de los comerciantes del barrio, establecieron una red de intereses al margen del dinero. El propio sastre, a cambio de un abrigo nuevo confeccionado para un albañil obtuvo una reparación en su hogar; a cambio de zapatos, el zapatero, obtenía pan y verduras, y así otros muchos ejemplos. De esta forma, entre todos, iban haciendo frente a la difícil situación. Decía el sastre al periodista, “la falta de dinero la suplimos con el intercambio de productos, y crea usted que nos va bien”. Tanto es así que una vecina del barrio declaraba para Estampa: “parece mentira que no hayamos caído en esto antes”.
Pero el invento fracasó. Los intercambios descendieron por la desconfianza de la gente. Meses después, el zapatero se lamentaba al reportero, Carlos Rivera, de perder esa buena forma de aumentar los ingresos dando facilidades a la gente, para salir adelante entre todos. Y es que, como él mismo dijo, “la gente no cree en nada y si, como nosotros hicimos se trata de darles facilidades, piensa enseguida que trata de engañársele”.
La idea, tal como la reconocían las clientas de estos comerciantes, en al año 1933, no era ni es descabellada. En la actualidad, en el Barrio del Carmen, se está consiguiendo cambiar el producto del trabajo por servicios. Una práctica de economía revolucionaria, el trueque, del que deberíamos tomar buen ejemplo.
Trueque:
Intercambio directo de bienes y servicios, sin mediar la intervención del dinero.
Mateo A. Martínez Monfort y Cristina Escrivá Moscardó
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