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La represión en la memoria

Eleuterio Gabón




@BarriodelcArmen

El nueve de octubre es el día en que los valencianos celebran su nacimiento como pueblo. Fue en 1238 cuando la corona de Aragón tomó su parte en la llamada reconquista católica expandiéndose hacia el sureste peninsular y expulsando a otro pueblo, el musulmán, que parió aquí todas las generaciones que se pueden contar en más de 600 años de historia. La huella de los árabes es todavía hoy imborrable, como lo es en la Andalucía que ocuparon los castellanos.
Del choque entre esas dos coronas, la aragonesa y la castellana, surgiría siglos después el mal de Almansa, que supuso una nueva ocupación en esta tierra. En 1707 los castellanos de la dinastía borbónica vencieron a los Austria e impusieron sus leyes en nuestro territorio. Las leyes propias que los valencianos tenían fueron abolidas y el idioma catalán que había ido arraigando desde la ocupación del rey Jaume I sufrió un duro proceso represivo de castellanización.


Bien vale decir que los pueblos son y han sido siempre vulnerables ante los afanes de conquista de reyes y emperadores y que la historia no recoge nunca(o muy rara vez) la cultura cotidiana de la gente sino muy al contrario los sueños de grandeza de sus gobernantes. Bien vale decir también que no existen culturas ni lenguas científicamente superiores, sino imposiciones violentas de unas sobre otras y que no es intención aquí de entrar en debates sobre musulmanes y cristianos o catalanes y castellanos sino de intentar analizar humildemente, cómo las señas de identidad de los pueblos, las maneras y las costumbres que la gente de un territorio tiene para desenvolverse en la vida, pueden ser objeto de manipulación por quienes no tienen más cultura que la del saqueo y la opresión. Baste aclarar que esta ética del saqueo es universalmente humana y que ha existido siempre en todas partes del mundo donde unos pocos han querido juntarse y hacerse fuertes para someter a todos los demás.

Así, al margen de estas reflexiones sobre la historia, el motivo que nos impulsa aquí, es el de comprobar en el ejemplo concreto del pueblo, del país valenciano, cómo un problema de identidad no resuelto es aprovechado por el fascismo (estos de la ética del saqueo) para manipular y someter a un pueblo.
Espero que no les importe pero seguiremos todavía buceando un poco más en nuestra historia. El 29 de marzo de 1939 las tropas franquistas entran en Valencia poniendo punto y final a la guerra y comenzando un periodo de represión que será brutal. Como último reducto de resistencia antifascista Valencia es castigada con saña. Para el fanático imaginario franquista era una ciudad maldita. Destrozaron a toda una generación y echaron sal sobre las conciencias para que nunca más crecieran en esta tierra, ideales como el anarquismo y el anticlericalismo fuertemente presentes durante la revolución social del 36.

Durante los 40 años de oscura dictadura que siguieron, los defensores de la unidad de España reavivaron ese antiguo proceso de castellanización que caló especialmente en la ciudad de Valencia. Sucedió entonces algo, cuanto menos curioso. Desde un pequeño pueblo llamado Sueca, se alzó una voz que se revelaba contra ese centralismo impuesto de siglos y ponía en el candelero la cuestión sobre la identidad del país valenciano. Fue un golpe para las conciencias de un pueblo que había estado viviendo en una continua perplejidad. Nosaltres els Valencians de Joan Fuster, hizo posible que tras la muerte del caudillo, en ese proceso de revisión histórica que se produjo durante la sombría etapa de la transición, la identidad del país valenciano saliera a debate.
Lo que pasó en aquellos “transitorios” años forjó un estado de cosas que acabaron por definir el contexto cultural y político que ahora mismo dibuja nuestro panorama social. Tras el fin de la dictadura, la batalla por el poder significó también la batalla por el futuro. Se abría el periodo en el cual se iban a redefinir las bases por las que debía transcurrir el porvenir de este pueblo.

La cosa empezó animada. Este pueblo que parecía sumido en la oscuridad más absoluta, salió a la calle con más de medio millón de personas en una manifestación sin precedentes, que exigía la libertad, la amnistía política y, al igual que en los otros pueblos del estado reconocidos como nacionalidades históricas (vascos, catalanes y gallegos), el estatuto de autonomía para Valencia. En las primeras elecciones en cuarenta años, la izquierda pactó con el nacionalismo valenciano y se hizo con el poder. El poder debe ser una poltrona comodísima y más que apetecible, los “nuevos ricos”, los jefes del nuevo régimen democrático desmovilizaron a la gente, “ya habéis votado, ahora nos encargamos nosotros”, parecían decir.
La poltrona en la que se repantigó la izquierda nacionalista estaba remachada de un intelectualismo pro-catalán que nunca conectó con el pueblo valenciano, es más se podría decir que lo menospreciaba. Este intelectualismo, forjado en la ciudad, fue soberbio y consideró la cultura popular de su pueblo ridícula y chabacana tomando como referencia cultural a sus vecinos del norte y asegurando que los catalanes conocían correctamente el idioma mientras que aquí se mal hablaba.

Por su parte, la derecha españolista y fascistoide, acongojada tras las manifestaciones populares y los resultados de las elecciones, comenzó a movilizarse. Surge el fenómeno denominado blaverismo, una reacción desde la irracionalidad cuya gran fuerza reside en una profunda ignorancia y cuyas proclamas anticatalanistas son divulgadas machaconamente desde los medios afines a la derecha. Tras el anticatalanismo se esconde una voluntad españolista de la derecha más rancia. La estrategia fascista consiste en, aprovechando el desprecio intelectual por lo popular, hacer bandera de éste, creando un enemigo y presentándose como protectores. Surgen los discursos radicales e irracionales hasta tal punto que la lengua, una misma lengua, es presentada como dos diferentes. Un militante de aquellos años nos comenta:“Te decían que era de día en plena noche y estaban dispuestos a partirte la cara si decías lo contrario. Puede que los intelectuales tuvieran la razón científica e histórica en el tema de la llengua pero no la razón política, no supieron ver cuál era la realidad de éste pueblo y el pueblo manipulado por la derecha se volvió en su contra.”

Y es que la movilización de la derecha no fue sólo a través de la palabra escrita, sino también en las calles. Grupos bien organizados sembraban el miedo en manifestaciones como la del 9 de octubre de 1979, con palizas y continúas agresiones de una minoría que supo parecer mayoritaria. Se sacaron también las pistolas en la plaza y se intentó asesinar a los escritores Joan Fuster y Sanchís Guarner con varias bombas. El miedo como arma tuvo su punto culminante la noche del 23 de Febrero de 1981 cuando Valencia fue la única ciudad en todo el estado donde el intento golpista se tomó verdaderamente en serio, con los tanques en la calle y la imposición del estado de excepción.

A partir de entonces la izquierda capituló, rechazó la posibilidad de dar fuerza a una identidad valenciana y la derecha que siempre fue minoritaria acabó por imponer todos sus símbolos con el blau como bandera. El resultado de aquella estrategia es que hoy los saqueadores han saqueado el país con el beneplácito y la complacencia de la mayoría del pueblo. Se trata de toda una obra maestra de la manipulación de la gente, creando una identidad menguada y artificial que sirve para que el pueblo defienda a sus opresores, tal es la magnitud de la paradoja que se vive hoy en el país valenciano.

No me gustaría que todo este pequeño análisis, tal vez detallado en exceso, sirviera únicamente para estudiar la circunstancia de nuestra tierra. Por el contrario parece oportuno que las reflexiones en torno a este tema, sirvan también para iluminar conflictos similares que se repiten en muchos otros lugares del planeta.
La cuestión de la identidad es una de las claves para entender muchas otras problemáticas, máxime en este mundo globalizado en el que el capital arrasa con todo. Tener una identidad, tanto individual como colectiva, es una de las necesidades básicas para poder llevar una vida sana.

Estellés dijo aquello de “Allò que val és la conciència de no ser res sino s´és poble”. Aferrados a la manipulación de este sentimiento, los grandes saqueadores venden sus modelos identitarios en el escaparate mundial; es Rusia un país? Lo es Italia? Somos realmente un pueblo europeo o compartimos una moneda? Ser americano es defender las invasiones de los marines? Ser occidental es ser anti-oriental? Cuántas de estas cuestiones no se plantean para obtener el respaldo de la masa, para que la masa creyendo pertenecer a una gran comunidad apruebe todo el tejemaneje y permita hacer y deshacer a su antojo a los señores de la guerra, el saqueo, la manipulación y la impunidad?   

Nuestro compañero añade:“Una bandera no hace un pueblo. La lengua se defiénde prácticandola, lo importante no son los símbolos es la educación de la gente. La cultura de un pueblo no es un escudo sobre el que protegerse y repeler todo lo exterior, es el punto desde el cual partimos, la identidad que nos forma y desde la que empezamos a conocer a los demás.”


Eleuterio Gabón


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