• Fondo. Toma de cara a la una a las cuatro en el espejo con flor y al fondo marina. En el suelo la A crecida. Tierra húmeda de mayo ganada bien. Fondo y buen ánimo a la calle invisible y muda.
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Nit (noche)

Benjamín Lajo Cosido




@BarriodelcArmen

¡Quién iba a decir a nuestra gata Nit, que su artículo, “Cuando un gato llora”, ha sido leído por más de diez mil personas! Este dato lo baso en las lecturas que registra Kaosenlared, aunque este escrito ha sido difundido por más publicaciones amigas. Por lo que me siento en deuda con todos los lectores y creo que Nit bien se merece que les narre cómo le ha ido desde entonces.


El 26 de Septiembre de 2007, hará pronto tres años, en el pueblo de Chulilla, Valencia, dio a luz su primera y prematura camada. Sin haber cumplido un año fue mamá de cuatro cachorros de los que sólo sobrevivió uno: Xulella (Chulilla en hispanomusulmán) Una bondadosa gata que, aunque una enfermedad nos la terminó también arrebatando, como a nuestra muy querida gata blanca Boira, tuvo tiempo de crecer, asistir a su madre Nit en otro parto con una complicidad que ya quisiéramos para nosotros los humanos. Fue su hija y su amiga. Nos dejó su mirada interrogantemente perpetua desde que abrió los ojos. Era como si la vida le fuera extraña. Como si la hubieran empujado a ella. Una constante mirada que preguntaba: “¿Porqué?”

Durante un año Nit permaneció en Chulilla, libre, al cuidado de unos amigos que nos informaban de sus movimientos. Nos llevamos en esa ausencia a Galán, su hijo. Un gato azul. Una rareza, que el veterinario nos dijo que era de raza rusa, a pesar de insistirle de que su madre era negra callejera de Valencia y el resto de sus hermanos, salvo otro gemelo de pelo largo, aparentemente de rasgo común. Estaba en madura adolescencia y terminó de hacer honor a su nombre en La Sierra de Espadán, en Castellón, por lo hermoso que es. No sé si será verdad eso de las siete vidas de los gatos, pero nuestro Galán sabe lo que es vivir desde que nació entre los montes serranos y sus numerosas heridas, que sorprendentemente cicatrizan a la misma velocidad que se producen, así lo atestiguan.

Hace siete meses regresamos a Los Serranos de Valencia, esta vez a Titaguas, un poco más arriba del pueblo chulillano, donde recogimos a Nit con otro embarazo, y completamos de nuevo nuestra felina manada. Hace tres semanas, Nit, tras unos días con  pérdidas de aborto y otros pocos más gestando, parió un solo cachorro al que llamamos provisionalmente Ronxo, pues en una semana se irá a su nuevo hogar titagüeño. A la granja de un vecino. ¡Será un gato granjero!
La gata urbana del centro de Valencia que recogimos Déborah y yo bajo un andamio al salir del cine, de madrugada, la famosa Nit, ha crecido en el monte. También sus hijos que nacieron en él. Lejos del bullicio de la ciudad donde, seguramente, su vida hubiese sido muy difícil y más dura. En el campo han recuperado ese indómito instinto que hace 4000 años los egipcios domesticaron para acompañarnos en nuestra soledad. A su lado hemos aprendido que la libertad es necesaria como lo son el agua o el alimento. Que la noche oculta en su oscuridad misterios, que a los ojos de un gato no son más que secuencias; y que a través de esa virtud que poseen de ver y vivir cuando dormimos los humanos, es posible asomarse a un mundo que todavía nos reserva territorios por descubrir, si observamos tanto, que somos capaces de ver lo que normalmente miramos, como suelo hacer en mis crónicos insomnios. Los gatos son más gatos cuando su compañía es como la de un amigo. Cuando compartes la libertad y el espacio sin imponer, convenciendo en la convivencia. No hay cosa que más irrite a un gato que una puerta cerrada. Que una orden. Si quieres su cariño, son ellos los que deciden cómo, dónde, cuánto y cuando te lo han de dar. Y si ese felino comportamiento es además afín con tus deseos humanos, te harán sin duda de su manada.

Esta larga noche, Nit duerme con Ronxo mientras Galán se estrena como padre protector. Velando su sueño, su descanso. Es una escena que me conmueve, pues pienso que esa paz se asemeja mucho a la mía. Una paz movediza, provisional e inestable. Que siempre me lleva a buscar un nuevo asentamiento. Que no halla acomodo, pero que también sé que me reserva momentos durante el día o en la noche, donde puedo encontrar un rincón en el que guarecerme para limpiar con esmero por dentro la suciedad que se adhiere a diario a mí corazón humano.


benjamingato
Benjamín Lajo Cosido
(memorialista)
benlaco@hotmail.com

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