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Pesadilla después de navidad

Antonio Pérez Collado




@BarriodelcArmen

En el caso del flamante gobierno español no han sido necesarios los cien días de rigor que los analistas conceden a los políticos antes de realizar cualquier crítica a su actuación. Incluso con anterioridad a la toma de posesión de Rajoy ya se sabía por dónde irían sus primeros decretos. Han bastado unas semanas desde el 20N para dejar claro que la profunda crisis que padecemos los pobres no la ha creado Zapatero en exclusiva, como aseguraban los tertulianos más airados, y que Rajoy no tiene capacidad para sacarnos de ella, ni en el remoto supuesto de que quisiera hacerlo.

Podcast audio @RadioKlara LliureDirecte. Entrevista a Antonio Pérez: No a los recortes (16'55'', 8Mb)

 


La lectura que nos deja este continuismo gubernamental es que tanto el PSOE como el PP van a seguir defendiendo –“como dios manda”, que diría Mariano- las políticas marcadas por la banca internacional. De ZP ya vimos que no tenía ninguna intención de cargar el peso de los recortes sobre las grandes fortunas; eso quedó patente con sus reformas laborales y de las pensiones.

Pero que el nuevo partido de los trabajadores –como no se cansaba de calificarlo Mª Dolores Cospedal-, cuyo candidato a presidente insistía en que no iba a imponer recortes, haya entrado en escena con medidas tan drásticas como las que aprobaron 48 horas después de los Santos Inocentes, debe haber caído como un jarro de agua fría sobre esos millones de votantes de la clase trabajadora que, cándidamente, confiaban en Don Mariano para que les devolviera el trabajo, solucionara lo del pago de la hipoteca y hasta les encontrara una salida a los chicos , que ya han terminado un par de carreras y no encuentran otra ocupación que no sea de repartidor de pizzas o camarero por horas.

Bien miradas las cosas, tampoco es de extrañar esa ingenuidad reiterada de los obreros votando al partido que mejor defiende los intereses del capital, puesto que lo que antaño fueran sindicatos de clase (ahora transmutados en agentes sociales) no tienen mayores remordimientos en seguir pactando nuevos recortes a sus supuestos defendidos, aun a sabiendas de que los acuerdos anteriores ni han creado empleo ni cumplido ninguno de los objetivos por los que se decía habían claudicado ante los patronos.

A pesar de que abaratar el despido, generalizar los contratos temporales o bajar los sueldos -que es en definitiva lo que se ha rubricado desde los Pactos de la Moncloa hasta la rendición final de 2012- se ha demostrado que no crea (ni tan siquiera mantiene) el empleo, desde todos los foros del sistema se sigue apostando por esa vía reiteradamente fracasada. Bueno, fracasada para la mayoría, porque a la minoría dominante le ha venido de perlas.

Suponiendo que hiciera falta ahorrar esos 18.500 millones que dicen, lo más lógico hubiera sido empezar por los de arriba (grandes fortunas, SICAV, ministros y altos cargos, consejeros de bancos y empresas de postín, etc.) y por recortar o suprimir proyectos muy costosos pero de dudosa utilidad pública (AVE, Fórmula 1, Copa América, Exposiciones Universales y demás delirios de grandeza garrula). Sin pretender hacer leña del árbol caído y con el respeto que se merecen las cosas sagradas, se puede mencionar que sólo mantener a la Casa Real y al ejército (que nos defiende de enemigos pobres, situados en Somalia o Afganistán) nos sale a los españoles (voluntarios o forzosos) por la respetable cifra de 27.000 millones de euros.

Buscar la salida de la crisis con los recortes de los servicios públicos y la congelación salarial denota una falta absoluta de ideas y una incapacidad manifiesta para entender que el actual sistema está agotado y que no sirven los remiendos improvisados. El capitalismo se ha deslegitimado a sí mismo y no se muestra dispuesto a asegurar un futuro digno ni tan siquiera al tercio de la población mundial que hasta hora tenía acceso al consumo (en muchos casos a un consumismo compulsivo y depredador) y los servicios sociales básicos: pensiones, sanidad, enseñanza, vivienda, etc.

Es cierto que para que ese consumo galopante fuera posible, y permitiera a las grandes fortunas serlo todavía más, los otros dos tercios del planeta habían de conformarse con malvender sus recursos naturales y su mano de obra a las empresas multinacionales del tercio opulento. Y puesto que los recursos son limitados y el crecimiento insostenible, es evidente que propuestas como las que los partidos políticos, los bancos y las instituciones internacionales nos ofrecen, basadas en recortar a los pobres sin entrar a considerar alternativas reales como el reparto de la riqueza, el decrecimiento, la ecología, el desarme o la autogestión de los pueblos… cada día tienen menos credibilidad y abonan la indignación de una ciudadanía que exige cambios profundos en la sociedad y participación directa en los asuntos públicos.

Antonio Pérez Collado


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