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Lecciones de democracia

Antonio Pérez Collado




@BarriodelcArmen

Las potencias europeas y EE.UU. aplican a la perfección la regla de oro del comercio mundial: adquirir a bajo precio las materias primas y vender lo más caro posible las manufacturas y la tecnología; ahí está la clave para ganar fortunas… sobre todo si el valor de compra de unos y otros productos los marcan los países ricos.
Tal es la capacidad productiva de Occidente que los gobiernos de estos países se ven obligados a reducir la producción industrial (textil, astilleros, siderurgia, etc.), agrícola (vino, aceite, frutas…) y ganadera (leche, pollos, etc.) para que no caigan los precios y se garanticen las ganancias de las grandes empresas y de la banca. Otra cosa es el futuro de trabajadores y agricultores tradicionales, que no pueden competir con la mano de obra barata y las importaciones de los países empobrecidos, ni con la agroindustria contaminante de los terrenos y acuíferos.


Acostumbrada como está Europa a exportar su exceso de producción, no ha dudado nunca en abrir nuevos mercados; tanto para las mercaderías como para sus ideas religiosas y políticas. Misioneros, comerciantes y militares (porque no siempre nuestro modelo era adoptado voluntariamente por esos pueblos tan primitivos de los otros cuatro continentes) han llevado durante siglos sus peculiares ideas de progreso y libertad al resto del planeta.

Y así seguimos, aunque ahora ya no son las coronas y las compañías comerciales de Inglaterra, Portugal, Holanda, España o Alemania las que se turnan en el dominio de mares, tierras y pueblos. En  nuestros días –mucho más avanzados y refinados- son los organismos internacionales (Banco Mundial, FMI, ONU, OTAN, OMC, etc.) los que se encargan de que el sistema dominante lo sea mucho más y su influencia llegue a todos los rincones de la Tierra.
Europa y Norteamérica creen haber alcanzado tal perfección en sus formas de gobierno, que se sienten con el deber de exportar su modelo de democracia a los países que no se adaptan a las normas de funcionamiento que en cada ocasión –y en función de los intereses de Wall Street- Occidente decide son las correctas.

Por esas cambiantes razones de Estado, el ciudadano de a pie nunca entenderá por qué nuestros soldados han de llevar la democracia a Libia o Iraq, pero no deben hacer lo mismo respecto a Marruecos o Arabia Saudí, cuyos tiranos (amigos) son perfectamente homologables a los otros dictadores (de repente enemigos). Tampoco está al alcance de cualquiera entender que gobiernos amigos, a los que desde las verdaderas democracias hemos armado (sabiendo que esos arsenales se usarían contra pueblos vecinos o contra el propio pueblo) se convierten repentinamente en temibles enemigos (casos de Hussein, Gadafi o los talibanes) a los que hay que aniquilar, aunque luego suela resultar que el remedio es peor que la enfermedad y los nuevos gobernantes imponen fórmulas tan poco democráticas como los depuestos.

La soberbia que proporciona el poder es tal que permite a la banca europea exigir respeto a la democracia incluso a sus inventores. Ha bastado que Papandrou anunciara un referéndum para que el peso y las amenazas del Euro cayeran sobre el gobierno griego. Curioso que una decisión, la de consultar al pueblo, que se debería realizar ante cualquier asunto importante y no para lavarse la cara y cargar el muerto a los propios gobernados,  sea atacada por gobiernos, como el agonizante del PSOE, que aplican recortes y hasta reforman la Constitución sin preguntar a nadie… que no sea un banquero o un dirigente de la CEOE.

Gran enseñanza la que se puede sacar de esta actuación de los auténticos mandamases de la era del capitalismo global. En una sola lección nos han dejado muy claro quién manda aquí y para qué sirven los títeres que mantienen temporalmente en cada uno de los gobiernos.

Los poderes financieros, por boca de Nicolas Sarkozi y Angela Merkel, han despejado todas las dudas que el angustiado elector pudiera tener sobre el papel de su voto.

Nunca se nos había mostrado con tanta nitidez que la lucha y el debate están en la calle; que da lo mismo que votes o no, porque son otros y no los figurantes del Parlamento los que van a seguir decidiendo.

Antonio Pérez Collado




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